Lenguas
Por Rafael Carpintero Ortega
La reforma lingüística que se inició en Turquía en 1928 no sólo se limitaba al cambio del alifato árabe por el alfabeto latino ligeramente modificado, sino que tenía unas aspiraciones mucho más elevadas: «limpiar» la lengua turca de todos los préstamos extranjeros, especialmente los de origen árabo-persa. La Institución para la Lengua Turca (o «Ente público» si se prefiere, —se pretendía evitar las connotaciones normativas de la palabra «Academia»—) se lanzó a un ingente trabajo, sobre todo lexicográfico, con la intención de encontrar o crear equivalentes «puramente» turcos a las expresiones árabes o persas que se usaban en el lenguaje de las clases altas (pero también en la vida cotidiana).
Desde hacía tiempo existían dos tendencias en cuanto a los proyectos de reforma lingüística. Algunos, más conservadores, consideraban que todo lo que se había incorporado a la lengua era, de hecho, turco. Otros, más dispuestos a llevar las reformas hasta las últimas consecuencias, opinaban que sólo se debía usar el vocabulario de raíz propiamente turca, ya fuera recuperando palabras antiguas en desuso o bien formando otras nuevas por derivación. Una consecuencia imprevista de la reforma fue la politización de la manera de hablar, cuyos efectos continúan aún hoy. El uso de términos arcaizantes, especialmente arábigos, denota un innegable conservadurismo mientras que ciertas expresiones «nuevas» son un marchamo seguro de pertenecer a la izquierda. Lo cierto es que algunos términos de nueva creación han cuajado en el uso cotidiano mientras que otros no, y en algunos casos se han producido dobletes en los que el par de palabras en cuestión ha ganado connotaciones distintas.
Esta dualidad en el vocabulario afecta a las traducciones, pero no tanto como cabría pensar. Algunos autores optan a ultranza por el turco renovado (por ejemplo, Tahsin Yücel, que para eso es lingüista), otros se mantienen fieles a las formas antiguas (Tanpınar, aunque también tenía una fuerte influencia del francés), y la mayoría sigue los usos habituales de la gente corriente asumiendo cierto vocabulario nuevo y manteniendo el antiguo otras veces. En casi ningún caso eso implica una opción estilística. Hay que añadir que la mayoría de los turcohablantes opina que el abandono de palabras antiguas implica una pérdida irrecuperable de matices y de ahí la fastidiosa manía de estar comparando continuamente los diccionarios turcos con, por ejemplo, los ingleses para lamentarse de la mayor cantidad de voces que parecen poseer otras lenguas. Por supuesto, eso supone no tener en cuenta la inmensa versatilidad de la morfología del turco.
Sin embargo, sí existen obras (y autores) que explotan las diferencias para producir efectos estilísticos. İhsan Oktay Anar, el magnífico novelista de Esmirna, recupera un léxico en desuso pero extraordinariamente preciso en sus fantasías históricas de corte postmoderno. Yaşar Kemal crea un personaje que usa a propósito el vocabulario antiguo para demostrar que sigue siendo fiel al Imperio Otomano. Pero la obra donde se llevan al máximo las posibilidades estilísticas de esta dicotomía es, sin duda, Tutunamayanlar (Los inadaptados) de Oğuz Atay, donde el autor juega no sólo con el doblete turco antiguo-turco moderno, sino también con formas de la literatura clásica otomana para expresar un contenido por completo actual en una novela muy vanguardista. Por desgracia en otras lenguas es muy difícil captar los matices diferenciadores y las connotaciones del uso de una u otra opción (quizás sea posible en noruego, no sé). Siempre he pensado que Tutunamayanlar requiere una traducción en equipo y creo que eso es lo que está haciendo mi amiga Hanneke van der Heijden en su traducción al holandés.