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Miércoles, 22 de septiembre de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Traductología

La toponimia, Dios, la toponimia

Por Ricardo Bada

Un día lejano leí un verso de Paul Celan que decía sencillamente Anhalter Trumm y que aparece en un poema fechado en Berlín el 23 de diciembre de 1967. Anhalter Trumm: un verso conmovedor, luego sabrán por qué. Años después lo vi traducido al castellano de la siguiente manera: «autoestopista ramal de cable».

Me quedé alelado, mucho más al ver que el traductor añadía una larga nota a pie de página, que reproduzco resumida: «El término Anhalter significa “autoestopista”, pero Celan juega con el significado del verbo anhalten (parar). El término Trumm pertenece (…) al lenguaje de la minería. El “ramal de cable” es una parte de un transportador».

Santo y bueno… si no fuese porque el verso original de Celan, Anhalter Trumm, significa otra cosa bien diferente. Al terminar la II Guerra mundial, en Berlín, cerquísima de lo que era el Checkpoint Charlie, había una ruina (Trumm) conservada con mucho cariño por los berlineses: una parte del lienzo, de la fachada principal de una estación de ferrocarriles, la Anhalter Bahnhof (la terminal de los trenes provenientes de Sajonia Anhalt, uno de los Estados alemanes). Y esa fue la estación por la que Celan llegó a Berlín, la primera vez que estuvo en la ciudad.

Así pues, Anhalter Trumm (la ruina de la estación de Anhalt) había pasado a convertirse en un «autoestopista ramal de cable» (sea ello lo que fuere), y todos tan contentos… con la posible excepción de Celan, que deberá estar removiéndose en su tumba de las afueras de París, muy cerca, por cierto, de Severo Sarduy y Joseph Roth.

Ahora bien: quien esté libre de pecados, que arroje la primera piedra. Sólo he querido poner un ejemplo de que si te fallan algunos conocimientos biográficos del autor, y consiguientemente de la toponimia de los lugares donde vivió, puedes embarrarla hasta el no va más.

Abusando de la paciencia de ustedes, les pondré otro ejemplo: la traducción al alemán de un bello poema de Pureza Canelo. Su libro El barco de agua fue, desde luego, el padrino de bautizo de la antología de literatura española contemporánea, Das Schiff aus Wasser, que hicimos Felipe Boso y yo allá por 1981, y que significó, según la crítica alemana, el redescubrimiento de España en el mapa cultural de ese país.

Le dimos a traducir los poemas de Pureza Canelo a Anneliese Botond, que es una excelente trasvasadora del español al alemán, y cuando llegaron sus magníficas traducciones, en una de ellas, en medio de un discurso rural-surrealista, a medio camino entre un Gabriel y Galán y un Aleixandre, me encontré de golpe y porrazo con la palabra Nutzanwendung. Parpadeé perplejo y me fui al original, donde leí la palabra «moraleja». Y me eché a reír de buena gana. Llamé a Anneliese y le pregunté que por qué había traducido de ese modo la palabra ‘moraleja’.

Me contestó, compungida, que estaba casi esperando esa pregunta mía, pero que yo tenía que comprender que en un poema de tales características hubiera sido una especie de efecto distanciador a lo Bertolt Brecht el traducirla como Moral von der Geschichte (es decir: «moraleja del cuento»), y que entonces se había decidido por Nutzanwendung, que quería decir lo mismo, pero poéticamente (aproximadamente lo que en castellano sería ‘enseñanza’) y además, me dijo —con acento triunfal—, era tetrasílaba, como ‘moraleja’.

«Santo y bueno —le contesté— Anneliese querida, pero ¿me haces el favor de agarrar de nuevo las fotocopias que te he enviado, y en las que figura una biografía de Pureza Canelo?». Siguió una pausa llena de ruidos mientras rebuscaba entre sus papeles, y hubo después un silencio denso que concluyó con un «¡Dios mío!» entre avergonzado y de alivio: y es que Pureza Canelo nació el 9.12.46 en un pueblo de la provincia de Cáceres llamado… Moraleja.

Para terminar, puedo decir que a lo largo de mis ya casi cinco décadas de lector he descubierto que a las notas explicativas a pie de página debe aplicarse siempre la ley de la proporcionalidad inversa: cuanto más largas y más explicativas sean, menos ha entendido el traductor. En según qué casos (pocos) cabe disculparlo como legítima defensa: pero en la mayoría de ellos se trata tan sólo de una puñalada trapera.

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