Lenguas
Por Jorge Fondebrider
En una reciente columna de Mariano Antolín Rato, que bajo el título «El idioma del imperio», publicó El Trujamán, el 23 de julio de este año, el autor comienza señalando la mala acogida que en Latinoamérica recibieron varias de sus propias traducciones «con abundancia de términos jergales», para luego afirmar que en España los textos traducidos tanto en la Argentina como en México no provocaban rechazo porque ese «cierto grado de exotismo» hasta permitía «intuir que lo narrado pasaba en un lugar distinto al que le había tocado sobrevivir al lector». Así, como sin querer, sugería entonces que los latinoamericanos nos quejábamos de aquello que en España se ve con simpatía cuando se evalúan nuestras traducciones. Se trata de una simplificación porque ni en Latinoamérica nos quejamos de toda traducción española (que, como en todas partes, las hay malas, regulares, buenas y excelentes) ni en España se reciben las traducciones realizadas en Latinoamérica con simpatía (bastaría con ver la cantidad de veces que los correctores de estilo nos cambian «rostro» por «cara» y «cara» por «rostro», de manera totalmente innecesaria, o «ir a comprar pan» por «ir a por pan», como si la primera forma no se entendiera, para borrar todo atisbo de simpatía).
El problema —uno de los tantos problemas— es que lo que Antolín Rato califica como «cierto grado de exotismo» suele resultar impertinente cuando, por ejemplo, un criminal alemán termina hablando como orillero porteño, un parroquiano irlandés como vecino de Pontevedra o un mujik de las estepas rusas como un campesino de Guadalajara. Y la impertinencia está en la distracción que ese cambio de contexto, completamente ausente del original, le plantea al lector; la misma que se experimenta, por ejemplo, cuando, viniendo de la Argentina, donde las películas no se doblan, uno escucha en un cine español a Gunnard Bjorstrand decirle a Liv Ulman con acento madrileño: «¡Quítate esas bragas!».
Pero no está ahí el problema de la columna de Antolín Rato. Concluida su exposición sobre lo que ocurre a uno y otro lado del océano, indica que «convendría centrarse, no en la búsqueda de un lenguaje neutro común que eliminara los malentendidos y, en consecuencia, hiciese desaparecer los matices, sino en quien detenta el poder». Me permito indicarle que no hay mucho que buscar porque, desde esta orilla del Atlántico, se ve tan claro como los cuellos de las jirafas que Mafalda y sus amigos ven en la costa de África: en el mundo editorial de la lengua castellana, desde hace ya algo más de tres décadas, manda España, ya sea desde Madrid o desde Barcelona, donde los pérfidos correctores de estilo catalanes, con la anuencia de los editores, corrigen a los madrileños. (¿Qué decir entonces de lo que nos toca a nosotros cuando una editorial española nos encarga una traducción?).
Llegamos así a una cuestión que no siempre los colegas españoles quieren ver: no traducen sólo para España, sino para la lengua castellana, y eso crea responsabilidades que exceden a nuestra mera provincia lingüística, obligándonos a ser un tanto más imaginativos a la hora de ponernos a traducir para sortear los problemas que nos planteen los textos. Porque, mientras las editoriales compren los derechos de un autor para toda la lengua castellana —sin dejar espacio para múltiples traducciones de un mismo texto— y mientras los editores estén al servicio de los administradores de empresa, no queda otro remedio que asumir la responsabilidad y enfrentar el desafío de pensar en el prójimo, establecer alianzas verdaderamente simpáticas y llevar a cabo una tarea más por la que, claro, no vamos a cobrar ningún extra. Supongo que eso, en algunos lugares, se llama educación y cultura.