Diccionarios
Por Juan de Sola
«Cf. Paul Guérin, Dictionnaire des dictionnaires».
Vuelvo a examinar la nota que me lleva al Dictionnaire des dictionnaires de Guérin, por si acaso fuera mi letra en uno de sus estadios pasados (la letra cambia con nosotros, suele hacerse más pequeña, más indescifrable, se cierra sobre sí misma como nos cerramos nosotros y nos refugiamos en un caparazón; llega un día en que sólo nosotros la entendemos, la caligrafía loca de un monólogo, taquigrafía para ciegos; pero también ese día pasa, y al final uno termina por no saber qué escribió, o por recordarlo sólo a medias, entiende toda las palabras salvo una, la palabra clave, el verbo, el objeto, la misión y hasta el sentido de una frase; ha olvidado qué se dijo a sí mismo en un mensaje quizá clave para el futuro). Pero no, no es mi letra, entiendo todo y no la reconozco como propia. Me lo confirman mi mujer, mi madre y mis hermanos. «Tú nunca has escrito así: esto se entiende perfectamente. A ti hay que traducirte». Una vaga sensación de alivio me recorre el espinazo.
Como si de un ejercicio de close reading se tratara, decido no recabar información sobre la vida de Guérin y atender exclusivamente al texto. Me interesa su obra, el título es a todas luces magnífico. Puesto que los ejemplares de segunda mano del Guérin que se venden en la red no bajan de los 225 dólares —hasta la curiosidad tiene su precio—, busco si existe alguna versión digitalizada del Dictionnaire. La encuentro en el proyecto Gallica, de la Bibliothèque Nationale de France. Me entero de que el título completo es Dictionnaire des dictionnaires: lettres, sciences, arts, encyclopédie universelle y de que se publicó en París, en seis volúmenes más un suplemento, entre los años 1884 y 1892.
Guérin no podía saberlo, pero concluyó su obra magna, su proyecto ilustrado, el mismo año en que Mallarmé redactaba la primera versión de lo que más tarde sería «Crise de vers», en donde el poeta, adelantándose a lord Chandos, notaba ya que «La littérature [léase: el mundo y su lenguaje] ici subit une exquise crise, fondamentale».1 El mismo Mallarmé, sabedor de que su ambición era desmesurada, afirmaría luego: «Un livre ne commence ni ne finit: tout au plus fait-il semblant».2 Esta idea de un libro que ni empieza ni acaba, que a lo sumo lo parece, motor del proyecto inconcluso de Le Livre mallarmeano, encaja a la perfección con la voluntad totalizadora del diccionario de Guérin. Pocas cosas ejercen tanta fascinación como la imposibilidad de una empresa.
Estamos en Gallica. Antes de leer el prólogo de Guérin, me propongo consultar unas cuantas entradas al azar. Si azaroso ha sido el hallazgo de la ficha con la referencia, no debería serlo menos la consulta. Veamos qué dice en traduction, en el volumen VI (REIN-Z). El archivo digital es de difícil navegación, de modo que avanzo dando bordadas hasta que el mar se calma y creo fondear en la página correcta, la 838, que se abre con la entrada de trachydolérite. Un vistazo rápido a las tres columnas me indica que me he equivocado, que la página que busco es la 839, acaso la 840, porque ésta, la 838, acaba con la definición a medias de traditeur. Ya puestos, la leo: «s. m. (lat. tradere, livrer). hist ecclès. Nom de ceux qui, dans la persécution, avaient livré les livres sacrés aus païens. “On appelait traditeurs ou traîtres, —pasamos a la página 839— ceux qui étaient assez lâches pour livrer les saintes Écritures […]” (Fleury). || Anc., Traître. “Les mauvais traducteurs seroient mieux nommés traditeurs” (J. du Bellay)».
Empezamos bien: Guérin, o F. G. [Frédéric Godefroy], que es quien firma esta entrada, se vale de la cita de Du Bellay para poner como ejemplo de un traidor la figura del (mal) traductor. ¿Por qué no se vale de un personaje de Shakespeare, o de Racine, o de un mensajero de la tragedia ática? ¿Por qué se ceba en el (mal) traductor? De pronto, mi amor por los diccionarios pierde enteros. No contienen el mundo, sino una visión del mundo que no necesariamente compartimos. Le declaro la guerra a Guérin y a sus esbirros. Antes de concederles una segunda oportunidad y ver si precisan o rectifican sus palabras en la entrada dedicada a traduction, opto por leer qué entiende Guérin por dictionnaire. Debería haber empezado por ahí, pienso. O dejar de lado a Guérin y centrarme en el autor de la nota que remite a Guérin, que sin duda alguna pretendía jugarme una trastada.
Pero es demasiado tarde. Uno se lamenta siempre cuando ya es demasiado tarde.
Continuará.