Profesión
Por Rafael Carpintero Ortega
Un compromiso me llevó a traducir una obra que provocó la peor crítica que he recibido nunca. «Pésimamente traducida, dicho sea de paso, por Rafael Carpintero», opinaba el articulista en cuestión. Por diversos motivos me consta que la traducción, siempre mejorable, no era tan mala, y las razones que adujo el crítico no eran errores de traducción sino más bien gazapos consecuencia de una falta de edición y una corrección demasiado apresurada fruto de las prisas por publicar el libro.
La poca justicia de la crítica y su displicencia (ese «dicho sea de paso») me llevaron a una serie de reflexiones. La primera se refiere a una frase de André Lefevere que suelo citar: «para los lectores que no pueden contrastar la traducción con el original, la traducción es, sencillamente, el original»1. Es decir, resulta muy difícil entender cómo alguien que no conoce ni la obra original ni la lengua en que está escrita puede criticar la traducción y elogiar el libro, o viceversa por la mera razón de que no es tan fácil de distinguir. ¿Cómo se puede asegurar con plena certeza que el original es una obra maestra si no se ha leído? ¿No le estaremos atribuyendo al traductor aciertos o faltas que no son realmente suyos? En cierta ocasión se me reprochó el uso postmoderno del punto de vista en una novela, ¿realmente era yo quien lo usaba?
Eso nos lleva a la segunda idea, el tan traído y llevado problema de la fidelidad. ¿A quién debemos ser fieles? Podemos serlo al autor, y más si es familia, amigo o conocido, y dedicarnos a pulir lo que nos parezca poco acertado por su parte. Podemos serlo a la editorial y convertir el libro en un best seller listo para ser consumido en un vagón de metro convirtiendo a Madame Bovary en la dueña del Santo Grial. O podemos serlo al texto y a nosotros mismos y traducir la obra tal cual es. Si no me gusta Mein Kampf puedo, simplemente, no traducirlo, o si realmente necesito hacerlo podría insistir en la necesidad de un prólogo donde se expusiera que se trata de un libro dañino. No creo que debiéramos cambiarlo ni que fuéramos capaces de hacerlo sin traicionarnos. Me gustaría aclarar que cuando digo «podemos» me refiero a que tenemos esa posibilidad puesto que somos quienes manipulan el original.
La conclusión de estas meditaciones me resulta bastante evidente: hay obras que no vale la pena traducir. Y no sólo las malas, sino también las que pierden su interés en la traducción. Traducir la poesía de Nazim Hikmet me parece absolutamente necesario, pero ¿qué hacemos con Garcilaso? Siento una profunda admiración por el poeta, y mis pobres estudiantes sufren las consecuencias, pero hay que reconocer que sus mejores poemas son una colección de tópicos de la época. ¿No resulta un poco ocioso traducir, y más ahora, lo de «El dulce lamentar de dos pastores»? Fuera del ámbito académico no parece que tenga mucho sentido traducir un endecasílabo por perfecto que sea si el contenido ya no nos dice nada.