Historia
Por Juan Gabriel López Guix
«La serpiente, el más astuto de todos los animales del campo que Dios, el Señor, había hecho, entabló conversación con la mujer…» (Biblia de Navarra). Como consecuencia del episodio edénico de la manzana, la serpiente es maldecida por Yahvé y condenada a arrastrarse por el polvo y alimentarse de él. Con ello, desde su primera aparición en Génesis 3:1, la serpiente (en hebreo, najash es al mismo tiempo «serpiente» y «adivinación»), se erige en la encarnación prototípica del mal.
Se trata de una inversión completa con respecto a las creencias del antiguo Oriente, donde es tenida por animal sagrado y objeto de culto. En la mitología sumeria, Ningishzida, «Señor del buen árbol», representa la capacidad vegetal de nutrir y crecer. Representado como serpiente, quizá por la forma de las raíces, es asociado con la curación y la inmortalidad por la periódica muda del ofidio. Tras experimentar múltiples traslados, la asociación de la serpiente, el árbol de la vida y la inmortalidad pervive aún entre nosotros en el símbolo médico y farmacéutico de la vara de Asclepio. La serpiente, como el término griego phármakon, parece ser al mismo tiempo «cura» y «veneno».
En la epopeya epónima, Gilgamesh, trastornado por la muerte de su amigo Enkidu, parte en busca de la inmortalidad. Tras superar numerosas dificultades, llega a la tierra de los inmortales, donde Utnapishtim y su esposa le confían el secreto de la vida eterna y le indican el lugar donde crece la planta submarina que la proporciona. Tras hacerse con ella, Gilgamesh emprende el camino de regreso, pero en una parada, mientras se baña en una fuente de refrescantes aguas, una serpiente huele la planta y se la roba. La serpiente inmediatamente muda de piel; y Gilgamesh, en cambio, debe conformarse con el envejecimiento de la suya.
El poema babilónico Enuma elish, que traduce y prolonga la cosmología sumeria, explica la creación del mundo a partir de una teomaquia en la que se enfrentan los dos grandes principios, el Orden y el Caos, el Bien y el Mal. El combate se salda con la muerte de Tiamat, el dragón marino que representa el caos primario. Marduk, el vencedor, abre el cadáver en dos, como un pescado destinado al secadero, y fija la tierra entre las dos masas de las aguas superiores e inferiores. Tras esa derrota en el ámbito mesopotámico, en sus posteriores apariciones bíblicas, el papel de la serpentina diosa oceánica —transformado y reelaborado— será siempre subsidiario y a veces incluso vestigial.
En su traslado hasta el Génesis, la maligna Tiamat es nuevamente demediada. Por un lado, tenemos la materia informe e inanimada, el elemento acuático primordial y tenebroso que la divinidad ilumina con su palabra y convierte en cosmos. Esa misma mitad aparece más tarde como mero instrumento en manos de Yahvé cuando éste decreta el Diluvio, que es en realidad una apertura de las compuertas que contienen las aguas inferiores y superiores. Y, por otro lado, encontramos la otra mitad, la forma animada, serpentina y astuta, cuya primera aparición en el jardín del Edén provoca la desgracia de la humanidad y su caída en el tiempo. Esa serpiente tortuosa persigue al hombre desde los primeros capítulos del Génesis hasta los últimos del Apocalipsis, donde se predice un nuevo combate entre las fuerzas del bien y del mal en el que será definitivamente derrotada y devuelta al abismo. Sus dos mitades quedarán de nuevo unidas en la consumación de los tiempos, cuando originales y traducciones vuelvan a ser uno.