Profesión
Por Carlos Fortea
«Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone una traducción», decía Borges al abordar las versiones homéricas, y por agotador que resulte citarlo siempre que nos acercamos a la literatura hecha puente, tenía razón. Tan sólo el mítico Heimdall, el centinela de Asgard, cuyo oído era tan fino que podía oír crecer la hierba, podría tener mayor sensibilidad que él a la hora de sentir la literatura.
Y es que, en efecto, el problema esencial de lo literario es precisamente lo misterioso. Si las cuestiones clásicas de la traducción lo eluden se debe a lo incómodo de su naturaleza. ¿Cómo abordar con un mínimo de seriedad el hecho, por otra parte empíricamente incontrovertible, de que los grandes autores sobreviven a verdaderos encarnizamientos traductores, tales como llegar a nuestra lengua pasando por otras, sin acudir a lo inexplicable? Cualquier análisis de algunas traducciones de grandes obras canónicas publicadas en el siglo xx arroja un balance objetivablemente desolador, pero eso no ha impedido su conversión en canónicas en todas las lenguas de cultura. A no ser que lleguemos a la conclusión de que el traductor no es realmente importante —y no estoy dispuesto a llegar a ella—, sí habrá que llegar a la conclusión de que hay al menos una parte de la obra que es capaz de pasar por encima de él, de valerse de su destreza e imponerse a su torpeza. Otra parte depende de su destreza y sufre con su torpeza, y no es pequeña.
Cualquier traductor sabe de qué estamos hablando. En una conferencia pronunciada en abril de 2008, Isabel Núñez decía:
El poeta japonés Elia Taniguchi le mandó a un amigo mío fotógrafo, Manel Armengol, la traducción tentativa de un poema suyo al castellano. Para afinarla, Manel podía preguntar a sus amigos japoneses, pero no son escritores, y por tanto, les faltaría la intuición poética. La condición literaria del traductor le permite establecer una conexión intuitiva con el autor y le hace saltar barreras de una forma misteriosa.
El subrayado es mío. No se trata aquí de discutir la no poco interesante cuestión que Núñez plantea sobre la «conexión intuitiva» del traductor con el autor, basada en lo que llama su «condición literaria»; lo que me interesa es incidir, precisamente, en esos elementos inaprehensibles que constituyen el núcleo de su argumentación: lo intuitivo, la condición literaria, lo misterioso. En otro pasaje de la misma conferencia, cita a Roland Barthes cuando habla de «subrayar el enigma», o menciona el poder evocador de palabras antaño encontradas en los cuentos infantiles, hoy sólo reencontradas traduciendo.
No hay traducción sin enigma. No es el menor de ellos el del propio impulso traductor, el misterio que lleva a la creación del híbrido entre lector y escritor, el lector que no puede soportar el goce inefable de la lectura sin transmitirlo, que por transmitirlo es capaz a su vez de renunciar a los irrenunciables derechos de la expresión libre para someterse a las rígidas leyes de la voz ajena, de la presencia ajena, incluso, por qué no, del absoluto protagonismo ajeno. Un híbrido que por instinto de lector quiere ser escritor, pero cuyo ego de escritor es tan débil que acepta ser invisible…