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Miércoles, 1 de septiembre de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores a. s. xx

Goethe y la traducción

Por Adan Kovacsics

En La tarea del traductor, Walter Benjamin se refiere a unas frases que Goethe escribió sobre la traducción en su poemario Diván de Occidente y Oriente, su libro más sorprendente y luminoso, más traslúcido y a la vez más lleno de enigmas. Benjamin las considera, junto con las explicaciones de Rudolf Pannwitz en Crisis de la cultura europea, «quizá lo mejor que se ha publicado en Alemania sobre la teoría de la traducción». Pero ¿qué dicen esas «frases»? Se ha de señalar, en primer lugar, que se encuentran entre las «Notas y ensayos para una mejor comprensión del Diván de Occidente y Oriente», un amplio apéndice de casi doscientas páginas en donde Goethe se dedica sobre todo a dar a conocer la literatura de Oriente Medio, en particular la persa, su inspiradora. Esas «Notas y ensayos» están escritos con un marcado tono didáctico, pues se trata de informar sobre algo ciertamente remoto para la mayoría de los lectores. Y precisamente allí se hallan las mentadas «frases», en un capítulo titulado «Traducciones».

Dice allí Goethe que «nos vemos obligados a aportar en este lugar algo conocido que, sin embargo, nunca debemos cansarnos de repetir». «Existen tres tipos de traducción», continúa. El primero es el que define como prosaico, el cual «suprime por completo las peculiaridades de todo arte poético», pero ofrece «el mayor servicio al comienzo, puesto que nos sorprende con la excelencia ajena en nuestra domesticidad nacional, en nuestra vida normal». El segundo es, según Goethe, el paródico. Este, que trata de apropiarse del «sentido ajeno» y procura reflejarlo con el «sentido propio», es complaciente con los gustos de su tiempo. Y el tercer tipo, que el autor del Fausto considera el más elevado y último y que suele provocar la mayor resistencia, es aquel en que se intenta identificar la traducción con el original; el traductor «se acopla firmemente» al texto de partida y «renuncia más o menos a la originalidad de su nación».

Goethe, que fue también traductor, menciona además a sus colegas: Wieland, por ejemplo, es el representante del segundo tipo; Voss («a quien no podemos valorar lo suficiente»), del tercero.

Goethe se refiere indistintamente a tres tipos o a tres tiempos de la traducción. Pone la tercera época por encima de las otras, pero no desprecia en absoluto las dos primeras; es más, les concede todo su valor. Como no es en absoluto dogmático, considera que las tres épocas se suceden, se repiten, se invierten y hasta conviven, de tal manera que en ese momento, por ejemplo, «convendría aún una traducción prosaica del Shah-Nameh», igual que se haría necesaria una versión nueva, «del tercer tipo», del Sakuntala.

Una de las aporías de la traducción viene dada precisamente por su radical temporalidad, a la que el autor del Fausto alude una y otra vez en su breve texto («siempre tiene que producirse una transformación tras otra»), pues es muy consciente de que la traducción se despliega en el tiempo (Benjamin utiliza, para expresarlo, el término «provisional»). Esto choca con la exigencia de lo «eterno», de lo «invariable», de lo «inamovible», tan arraigada en nuestra cultura. Y la incomprensión con que suele toparse la labor de traducción está claramente vinculada a esas aporías y tensiones irresolubles inherentes a ella, que no quieren verse y que son muchas: por ejemplo, tensión a veces entre la fidelidad a la palabra y la fidelidad al texto, tensión entre la lengua de partida y la lengua de llegada, tensión entre la necesidad del traductor de desaparecer y la imposibilidad de desaparecer del todo.

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