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Sobre El trujamán

El trujamán
Martes, 27 de septiembre de 2005


Cocoliche italiano y cocoliche argentino (I)

Por Fernando Sorrentino

En los trujamanes «Del italiano al cocoliche» y «Una estafa en cocoliche» me ocupé de esa jerga caricaturesca en que se había convertido, en la Argentina, el español que hablaban los inmigrantes italianos. En el primero escribí:

En los siglos XIX y XX abunda, sobre todo en comedias y sainetes, el remedo jocoso e hiperbólico de la lengua española (la castilla) que empleaban los italianos. Esta jerga literaria artificial se denominó, muy afortunadamente, cocoliche, vocablo tomado de Cocoliche, un personaje que creó, en 1890, el acróbata y actor uruguayo José J. Podestá (1858-1937). Según parece —pues hay más de una versión—, el nombre del personaje se inspiró en el apellido de un peón del circo de los Podestá que se llamaba Francesco Cocoliccio y que hablaba fingiéndose compadrito argentino. Por ejemplo: Mi quiamo Franchisque Cocoliche, e songo cregollo gasta lo güese de la taba e la canilla de lo caracuse, amique.

Los sainetes presentan incontables ejemplos de cocoliche literario. En El conventillo de la Paloma (1929), de Alberto Vacarezza, don Miguel, el encargado italiano —enamorado de la bella y esquiva protagonista que da nombre al conventillo y título al sainete—, dice, por ejemplo (I):

Sará carpincho, locura, amore, non só; ma giuro, per la ánema de san Genaro, que, ante de aflojare, le prendo fuego a lo conventillo.1

El Gamberoni de Moneda Falsa (1907), de Florencio Sánchez, es menos cocoliche y más italiano (I:5):2

GAMBERONI: Io son estato tre volte a Gálvez. Conocí un certo..., un certo, ¿cómo si chiama? ¿D’Andrea?

Pero ya en 1872 José Hernández (Martín Fierro, I:859-864) había registrado el cocoliche, dieciocho años antes de que tomase ese nombre:

Cuando me vido acercar,
«¿Quén vívore?», preguntó.
«¿Qué víboras?», dije yo.
«¡Haga arto!», me pegó el grito,
y yo dije despacito:
«Más lagarto serás vos».

Desde luego, estas torpezas del habla extranjera ejercen, sobre quienes tenemos el español por lengua materna, un irresistible efecto cómico.

Pero…, ¿qué pasa cuando los hispanohablantes intentamos hablar en italiano?

A menudo, inducidos por los falsos amigos que nos embaucan con semejanzas fonéticas, morfológicas o sintácticas, inventamos expresiones que no existen en italiano o que existen con otra acepción.

Recuerdo que, estando de paseo por Italia, la fluidez con que yo hablaba en «italiano» generó el elogio de mi mujer. Siendo ella, en lo que a mí se refiere, más proclive al anatema que al ditirambo, acepté, complacido e hipócrita, tales halagos, sin revelar que —en el torbellino de la desaprensión, la alegría, la ignorancia— me había expresado todo el tiempo en una suerte de cocoliche argentino.

1. Es obvia la exageración paródica, propia de una obra pensada para hacer desternillar de risa a los espectadores. Don Miguel —sin duda, napolitano, ya que invoca al patrono de aquella ciudad—, además de deformar las voces españolas, incurre en disparates tales como decir carpincho en lugar de capricho (error, por otra parte, del todo inverosímil, ya que capriccio no sólo existe en italiano sino que, por añadidura, el término de nuestro idioma deriva de aquél).

2. Con posterioridad a Sánchez (1875-1910) surge Armando Discépolo (1887-1971), el creador y máximo representante del subgénero teatral denominado «grotesco criollo». Ajenos al contexto jocoso de Vacarezza, los protagonistas de algunos de sus dramas son italianos que se expresan tragicómicamente en cocoliche: por ejemplo, Mateo (1923) o Stéfano (1928).

 


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