|
Cocoliche italiano y cocoliche argentino (I)
Por Fernando Sorrentino
En
los trujamanes «Del italiano al cocoliche» y «Una
estafa en cocoliche» me ocupé de esa jerga caricaturesca en que se
había convertido, en la Argentina, el español que hablaban los inmigrantes
italianos. En el primero escribí:
En los siglos XIX y XX abunda, sobre todo en comedias y sainetes, el remedo jocoso e hiperbólico de la
lengua española (la castilla) que empleaban los italianos. Esta jerga
literaria artificial se denominó, muy afortunadamente, cocoliche, vocablo tomado de Cocoliche, un personaje que creó, en 1890, el acróbata y
actor uruguayo José J. Podestá (1858-1937). Según parece —pues hay más de una
versión—, el nombre del personaje se inspiró en el apellido de un peón
del circo de los Podestá que se llamaba Francesco Cocoliccio y que hablaba
fingiéndose compadrito argentino. Por ejemplo: Mi quiamo Franchisque
Cocoliche, e songo cregollo gasta lo güese de la taba e la canilla de lo
caracuse, amique.
Los sainetes presentan incontables ejemplos de cocoliche
literario. En El conventillo de la Paloma (1929), de Alberto Vacarezza,
don Miguel, el encargado italiano —enamorado de la bella y esquiva protagonista
que da nombre al conventillo y título al sainete—, dice, por ejemplo (I):
Sará carpincho, locura,
amore, non só; ma giuro, per la ánema de san Genaro, que, ante de aflojare, le
prendo fuego a lo conventillo.1
El Gamberoni de Moneda Falsa (1907), de Florencio
Sánchez, es menos cocoliche y más italiano (I:5):2
GAMBERONI: Io son estato tre
volte a Gálvez. Conocí un certo..., un certo, ¿cómo si chiama? ¿D’Andrea?
Pero
ya en 1872 José Hernández (Martín Fierro, I:859-864) había registrado el
cocoliche, dieciocho años antes de que tomase ese nombre:
Cuando me vido acercar,
«¿Quén vívore?», preguntó.
«¿Qué víboras?», dije yo.
«¡Haga arto!», me pegó el
grito,
y yo dije despacito:
«Más lagarto serás vos».
Desde
luego, estas torpezas del habla extranjera ejercen, sobre quienes tenemos el
español por lengua materna, un irresistible efecto cómico.
Pero…,
¿qué pasa cuando los hispanohablantes intentamos hablar en italiano?
A
menudo, inducidos por los falsos amigos que nos embaucan con semejanzas
fonéticas, morfológicas o sintácticas, inventamos expresiones que no existen en
italiano o que existen con otra acepción.
Recuerdo
que, estando de paseo por Italia, la fluidez con que yo hablaba en «italiano»
generó el elogio de mi mujer. Siendo ella, en lo que a mí se refiere, más
proclive al anatema que al ditirambo, acepté, complacido e hipócrita, tales
halagos, sin revelar que —en el torbellino de la desaprensión, la alegría, la
ignorancia— me había expresado todo el tiempo en una suerte de cocoliche
argentino.
1. Es obvia la exageración paródica, propia de una obra pensada para hacer
desternillar de risa a los espectadores. Don Miguel —sin duda, napolitano, ya
que invoca al patrono de aquella ciudad—, además de deformar las voces
españolas, incurre en disparates tales como decir carpincho en lugar de capricho (error, por otra parte, del todo inverosímil, ya que capriccio no sólo
existe en italiano sino que, por añadidura, el término de nuestro idioma deriva
de aquél).
2. Con posterioridad a Sánchez (1875-1910) surge Armando Discépolo (1887-1971), el
creador y máximo representante del subgénero teatral denominado «grotesco
criollo». Ajenos al contexto jocoso de Vacarezza, los protagonistas de algunos
de sus dramas son italianos que se expresan tragicómicamente en cocoliche: por
ejemplo, Mateo (1923) o Stéfano (1928).
|