Traductología
Por Mario Domínguez Parra
Hace unos meses escribí un trujamán sobre el desplazamiento que experimentó mi obra como poeta ante el avance irreprimible de mi actividad como traductor. En este caso daría un paso más allá, para decir que mi fascinación por el arte de la traducción ha llegado a tal punto que solo puedo escribir mi propia obra, sin texto que traducir, si la considero el texto resultante de un proceso traductor.
Tomo como apoyo para este comportamiento, entre muchos otros proyectos en curso, mi antología de poesía griega y chipriota contemporánea. Llevo desarrollando este proyecto unos dos años y me llevará al menos otros dos, vista la cantidad de poetas cuyas obras me he propuesto traducir. Mi aspiración máxima como traductor de poesía es, claro está, que el texto traducido sea un poema en nuestra lengua, que los lectores que no puedan leer los originales en griego puedan apreciar al poeta original por medio de mis traducciones. Para ello utilizo (algo que no es nuevo) un distanciamiento del original una vez hecha la primera versión de un poema concreto, versión más o menos fiel. A partir de ahí comienza la escritura de un poema mío que no se apoya en ningún original. Cuando considero que es un buen poema, paso del modo «poeta» al modo «traductor» de nuevo. Lo comparo con el original del que emana. Luego concluyo mi poema bífido.
La única manera que tengo ahora mismo de poder terminar ese segundo libro que estoy escribiendo es considerar todo ese material como una traducción que estoy revisando.
En su ensayo «Pierre Menard: el espejo que crea lo que imita»,1 sobre el famoso cuento de Borges, la traductora Marietta Gargatagli cita un fragmento traducido de Le livre à venir, de Maurice Blanchot:
[…] En una traducción tenemos la misma obra en un doble idioma; en la ficción de Borges tenemos dos obras con una misma identidad lingüística y, en esa entidad que no lo es, el fascinante espejismo de la duplicidad de los posibles. Ahora bien, cuando hay un duplicado perfecto, el original, y hasta el origen, se borran.
Menard quiere, como bien dicen la autora y George Steiner, en una de las citas del ensayo, escribir el Quijote, no traducirlo. Querría aplicar esta forma ficcional de proceder a mi propio caso como poeta. Si trato mi texto como una traducción que estoy revisando, ¿cuál es el original en el que me baso? ¿Qué duplicidad puede haber en el caso de mi propio texto si lo considero una traducción (siendo plenamente consciente de que me engaño a mí mismo) solo para poder terminarlo, ya que me cuesta mucho menos traducir que escribir mis textos propios? Pergeñando esta excusa para poder terminar mi libro, o para justificar mi falta de talento para poder terminarlo, sigo leyendo el ensayo de Gargatagli y me encuentro con este fragmento (op. cit., p. 15):
Los autores (concepto en extremo moderno) saqueaban sus tradiciones y las ajenas, deslizaban sentencias de otros, copiaban poemas y se los apropiaban, imitaban lo que les gustaba, plagiaban (otro concepto en extremo moderno) argumentos, adaptaban, robaban y reformaban. Ni siquiera las lenguas —por lo menos las europeas— tenían palabras que diferenciaran la escritura «original» de la traducción. En castellano romançar o aromançar significaron durante muchos siglos traducir y escribir. No había diferencia.
A partir del momento en que decidí, por ejemplo, cambiar la prosa de mi segundo libro al verso (procedimiento que ya empleé en la escritura de mi libro de poemas Apolonía): ¿qué es lo que estoy traduciendo? Desde luego, una diáfana incapacidad para escribir un texto narrativo (algo que en ocasiones pretendió ser). En mi faceta de escritor me hallo ante la traducción de múltiples incapacidades, que paradójicamente podrían permitir la creación de un texto original.