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Martes, 30 de octubre de 2012

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Historia

Orígenes de la traducción chino-español: Fray Juan Cobo (y II)

Por Gabriel García-Noblejas

El primer libro traducido del chino al castellano, Beng Sim Po Cam (Espejo precioso del claro y limpio corazón), del que hablábamos en un trujamán anterior, consistía en una antología general de sentencias filosóficas y morales tanto de los más grandes pensadores de la historia de China como de las más influyentes obras (algunas anónimas) de su civilización. Entre este elenco de pensadores aparecen Confucio, Mencio, Han Fei, Laozi, Xunzi y largas citas de los libros canónicos de la civilización china como el Libro de los documentos y el Libro del Tao, lo que indica que la antología abarcaba las principales escuelas de pensamiento sin exclusiones.

De la manera en que fray Juan Cobo traducía el título de su obra se puede colegir el tipo de traductor que fue éste: no miraba el orden de las palabras en el original ni violentaba el del castellano para que reprodujese el del original, sino que expresaba en español fluido el sentido que él veía en el original; no padecía el complejo de algunos traductores actuales consistente en sentirse obligado a mantener el mismo número de términos que hubiera en el original para su traducción. Se limitó a la traslación del texto chino íntegro, produciendo así una traducción voluntariamente escasa de esas aclaraciones marginales —salvo en contadísimas excepciones— que habrían cumplido una función análoga a la de nuestras modernas notas a pie de página.

El traductor, en general, obvió aclaraciones que tal vez habrían podido venir bien al lector de entonces… o tal vez no, ya lo veremos luego, y que se referían tanto al sentido de muchos términos con fuertes connotaciones culturales dentro del mundo chino, como a la identidad de los emisores de las sentencias que conforman el libro.

Entre las primeras, el traductor se las tiene que ver con términos cuyo sentido no es nada sencillo, claro ni unánime para los especialistas actuales, como, por ejemplo, el término junzi, que fray Juan Cobo traduce por «hombre virtuoso» y que se refería en China al hombre perfecto, es decir, el que obra como se debe obrar desde el punto de vista de los cánones de comportamiento defendidos por la escuela de los Letrados, y que ha sido traducido en los últimos años entre nosotros por «hidalgo» o «el hombre superior», por ejemplo; o como ese otro término, esencial para la comprensión del pensamiento confuciano, que es ren ai, que fray Juan vierte como «el hombre bien morigerado para seguir la virtud», término que ha sido traducido por «hombre piadoso».

Fray Juan Cobo apenas si escribió tres o cuatro notas aclaratorias, que hoy llamamos «referencias culturales», a lo largo de las ciento noventa y seis páginas de su traducción. Una de dichas notas, que por excepcional merece ser destacada, aparece en la siguiente cita tomada del segundo gran filósofo confuciano de China, Mencio:

En el Ayuntamiento de Lusi se dijo: si algunos hubiere virtuosos, unos a otros se animen al bien: si algunos hubiere que erraren, unos a otros se enseñen. Los que vivieren con orden y policía, unos a otros se perfeccionen: si algunos hubiere tristes y trabajados, unos se compadezcan de otros.

(p. 152)

La nota que puso el traductor al término «Ayuntamiento» dice así: «Usan en China, de quince en quince días, juntarse en sus Ayuntamientos para enseñar los diputados para esto al pueblo, y en uno de ellos se dijeron estas sentencias».

En cuanto a las aclaraciones sobre los emisores de las máximas, fray Juan también guarda silencio. Uno se pregunta cuántos lectores hispanohablantes de la época sabrían quiénes eran la mayoría de los insignes personajes a quienes se atribuyen todas las frases del libro. Y es que no sólo aparecen frases puestas en boca de grandes filósofos, como el ya citado Mencio o como Laozi, autor del Libro del Tao, sino también de figuras legendarias de la historiografía china que aparecían en tratados históricos de la antigüedad, como algunos duques del período de los Reinos Combatientes (ss. viiiiii a. n. e.) que, muy probablemente, resultaban difíciles —si no imposibles— de identificar para el lector castellano. ¿Importaba identificarlos? Probablemente, no: lo que importaba eran las ideas, los fundamentos ideológicos de la civilización china que, gracias a las traducciones, comenzaba a conocerse mejor. La excepción a esta regla fue, cómo no, Confucio, a cuyo nombre se permitió el traductor añadir una nota a pie de página que, con mucha justicia y exactitud, reza así: «Este Conchu [Confucio] es el gran filósofo y el gran maestro de toda China, y fue muchos años antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo al mundo».

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