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Viernes, 26 de octubre de 2012

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Crítica

La buena traducción

Por Martín Schifino

Viene un amigo y me dice:

—¿Para vos qué es una buena traducción?
¿Literaria?
Literaria.
—Bueno, una traducción bien hecha, que se lee bien, ¿no?, que uno la lee y se dice: «Pero qué bien que está esto».
Tu facilidad de palabra me apabulla. No, ponele que tenés la traducción A y la traducción B, del mismo libro para hacer la cosa más difícil. ¿Por qué A es buena y B no tanto?
—¿Más allá de las cuestiones básicas?
Más allá de esas cuestiones. Las dos son correctas, gramaticales, no le pifian al vocabulario, no hay errores de comprensión, etc.
—Pero entonces la pregunta es otra, porque ahí cualquiera diría que las dos son buenas, pero que una tiene algo que la otra no. Me parece que lo que te interesa es la diferencia entre lo bueno y lo excelente.
¿Hay una cuestión más interesante?
—Tenés razón.
¿Y entonces?
—Y, no sé, yo diría que es una cuestión de interpretación, hasta de fraseo.
¿Cómo en música?
Supongo.
¿Algo así como la diferencia entre oír a Alfred Brendel tocando a Beethoven y a un pianista cualquiera tocando a Beethoven?
—Si te digo te miento. La verdad, soy incapaz de oír esa diferencia.
Pero en el caso de las traducciones…
En el caso de las traducciones, sí. Creo.
Volvemos al fraseo.
—No queda otra. Hay gente que toca más o menos de oído, y hay traductores que tocan con una seguridad, incluso una autoridad, que le da una coherencia muy especial al conjunto.
—Me lo estás poniendo muy abstracto.
—Es el problema de las metáforas.
Mejor dame un ejemplo.
—Así de golpe, se me ocurre la traducción de Vida y destino de Marta Rebón.
—Pero vos no sabés ruso.
—No, pero sé castellano, y si alguien me confirma que esa traducción no tiene grandes errores —y no creo que los tenga— yo la doy por excelente, por lo que decía antes.
Es una traducción con autoridad.
—No solo eso: abarca una lengua entera. Maneja el lenguaje militar, el de la física, el de la familia, el de la intimidad; narra, describe, anota diálogos. Y detrás de eso se oye el bajo continuo…
Y dale con las metáforas musicales…
…el bajo continuo de una voz calma y hospitalaria, que, me animo a decir, no debe de ser muy distinta de la de Vassili Grossman.
El autor. Lo raro es que igual que le hicieron críticas a la traducción. Me acuerdo de una reseña…
—Críticas pavas, de maestrita ciruela, que si le faltaba una preposición por aquí, un verbo «ser» por allá, o si usaba una expresión coloquial de gramática dudosa. Eso es lo de menos.
En conclusión, las mejores traducciones tienen errores. ¡Ja!
Dicho así, suena mal. ¿Desvíos, mejor? O particularidades del uso individual. Aunque a veces, la verdad, también errores. Un ejemplo famoso: el Chéjov de Constante Garnet, que con todas sus faltas es una perla de prosa eduardiana.
—…
—¿Qué, no estás de acuerdo?
No, sí, pero me quedé pensando si habrá un ejemplo de lo contrario, una traducción superprecisa que no sea buena.
—Tiene que haber. Traductores maniáticos no faltan.
Claro. Tengo uno: Nabokov en su traducción de Pushkin. A fuerza de precisión terminó escribiendo un bodoque ilegible. 
—¿Te diste cuenta de que no paramos de citar rusos?
Será que siempre los leemos en traducción.
—Un lástima, ¿no?
Andá a saber.

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