Historia
Por Mariano Antolín Rato
Escribió Ortega y Gasset que los hombres egregios no suelen hablar otros idiomas. Señalaba con acierto hace poco Javier Cercas que eso seguramente se debe a que para hablar una lengua extranjera hay que conseguir que no te importe hacer a veces el ridículo. Y el ridículo —¡faltaría más!— nunca se lo puede permitir un hombre egregio.
Es evidente —y bien me esfuerzo para ello— que yo no soy egregio. Por lo tanto no temo meter la pata. Algo que sin duda haré a continuación al ocuparme de cuestiones sobre las que mis conocimientos, si bien apasionados, están llenos, no de lagunas, sino de enormes océanos de ignorancia.
El origen de mi osadía está en la documentada y sugerente serie de trujamanes que García-Noblejas publicó estos últimos meses con el título de «La traducción del chino al español en el siglo xx: Carmelo Elorduy». Se añadían a otros de una serie anterior dedicados a Marcela de Juan también merecedores del mayor interés. Del mío, en especial, porque la Segunda antología de la poesía china, de esta última, en la edición de Revista de Occidente, de 1962, supuso mi iniciación casi traumática a una literatura que, desde entonces, me sigue deslumbrando —tengo la impresión de que esa edición, y las posteriores de Alianza Editorial, ampliadas y con un prólogo informativo y algo relamido del diplomático Antonio Segura Morís, es el libro que más veces he regalado en mi vida—. Y porque las traducciones del jesuita Carmelo Elorduy me introdujeron a un modo de entender la vida que en ocasiones quiero que sea el mío —a pesar de múltiples traslados, todavía conservo su La gnosis taoista del Tao Te King, publicada por la Facultad de Teología, S. J., de Oña, Burgos, en 1961, con el níhil óbstat correspondiente; también: Chuang-Tzu: Literato, Filósofo y Místico, éste editado por Monte Ávila, de Caracas, en 1972.
En sus acertados análisis García-Noblejas señala que el padre Elorduy traduce Tao por «divinidad» y «ser supremo». Y se refiere al Tao como Él —con mayúsculas—, concluyendo: «por supuesto que toda traducción está marcada, cargada de algún tipo de ideología». Algo en lo que estoy completamente de acuerdo. No tanto en que, parafraseando a Kipling, crea que Oriente y Occidente nunca se encontrarán. Es posible que, visto así, en abstracto, la idea tenga sentido. Pero resulta innegable que algunos occidentales y algunos orientales se encuentran. Por no ir más lejos, a través de la traducción.
Ese inicial deslumbramiento por la poesía y cierto pensamiento chino, me ha llevado, y desde hace más años de los que quisiera recordar, al estudio y la práctica del zen. Y ahí es donde el mencionado papel que desempeña la ideología en las traducciones se me hizo evidente de modo especial. Basta remitirse a los primeros contactos que Francisco Javier, santo católico y jesuita, mantuvo con los chinos. Tengo a mano el primer tomo —pp. 262 y ss., en la traducción de Macmillan Publishing, Nueva York, 1990—, de la monumental e imprescindible Zen Buddhism: A History, de Heinrich Dumoulin. Basta leer eso para tener constancia directa de la incomprensión y desencuentro del que habla Kipling entre los misioneros jesuitas del siglo xvi y los chinos que trataban de adoctrinar. Sin embargo, de ahí proceden las primeras traducciones de textos chinos y japoneses al castellano. Una tradición que se ha mantenido hasta anteayer, dado que en España es bastante reciente que los estudios orientales, por escasos que hayan sido, estén a cargo de laicos.
Centrándome en la poesía japonesa —la rama literaria del Extremo Oriente de la que sé un poco—, uno encuentra que hay estudios y traducciones de haikus, de indudable mérito. Por ejemplo, entre unos pocos más, los de Rodríguez Izquierdo o Antonio Cabezas. Lo que pasa es que los dos han sido jesuitas o estudiado japonés en la prestigiosa Universidad Sofía de Tokio que, mire usted por dónde, pertenece a los jesuitas. Es más, en mi intento por escapar de las garras de la Compañía de Jesús para mi lectura de las traducciones de haikus, e impulsado por el ejemplo de maestros laicos como Octavio Paz o Eliot Weinberger, me pasé tres años estudiando japonés. Es poco tiempo, lo sé, aunque me haya permitido, al menos, manejar los diccionarios y descifrar con esfuerzo esos breves e intensos poemas. La cuestión fundamental es que, cuando junto a los que iban a clase conmigo y se quedaron encantados al aprender los números porque eso les permitiría enterarse de los teléfonos de las tarjetas de visita omnipresentes en Japón —todos eran ejecutivos de empresas con relaciones comerciales con ese país—, mientras yo disfrutaba porque sabría descifrar el orden de las páginas, tomamos una copa de fin de curso, el profesor comentó que él, aunque hubiera ahorcado los hábitos y estuviese casado, también había sido jesuita.