Diccionarios
Por Ricardo Bada
Y concluyamos, con esta nueva entrega, el desguace del Diccionario del Argot, El Sohez, de Delfín Carbonell Basset, editado por McGraw-Hill en Nueva York, 2001.
Lo de la página 643, «poner (meter) un rabo // sodomizar, copular», no es completamente correcto, al menos en lo que se refiere al primer verbo. «Poner un rabo» era picardía de rijosos, colocarse en las aglomeraciones detrás de las mujeres y tocarles el trasero. La propia expresión es traducción directa de la imagen.
En cuanto a que las yemas sean otro sinónimo de los testículos (p. 753), puede ser que lo sean y —volviendo a tomar la parte por el todo— va de suyo en la expresión «te va a costar un huevo y la yema del otro», pero las dos citas aportadas por Carbonell Basset para corroborarlo no tienen nada que ver con dicho símil. Ni «¡qué yemas tienen tan ricas / las hermanas dominicas!», ni «algunas yemas de monjas, que endulzar yemas a las monjas, se les da como a nadie».
Hay veces en que la documentación de un uso está completamente fuera de lugar, como en la página 402: «de la leche // maldito, grande, enorme: “en el abismo que la luz de la leche abrió en la penumbra”», pero al menos testimonia un préstamo de Juan Benet en Saúl ante Samuel, tomado de unas expresiones arquetípicas de Faulkner, el Rembrandt de la escritura, maestro absoluto en fraguar imágenes imborrables a partir de la oscuridad.
Algún texto de referencia ha tenido mala suerte con su registro en este Diccionario. Así, al cuento de Camilo José Cela que se titula «Noviciado, salida Noviciado» siempre se lo llama «Noviciado, salida noviciado» (p. 377 pássim). Y otro autor ha corrido la misma mala suerte: al vasco José Manuel Fajardo, El Sohez lo rebautiza como José María Fajardo (p. 409 pássim).
Del malogrado Enrique Jardiel Poncela se cita en varias oportunidades su obra Los ladrones (p. 511 pássim) cuando en realidad se titula Los ladrones somos gente honrada… y que no es un problema de espacio lo demuestran las incontables citas de obras con títulos harto más largos: Cómo librarse de los hijos antes de que sea demasiado tarde, Cómo ligar con ese chico que pasa de ti o se hace el duro, Cómo ser mujer y no morir en el intento, Los vecinos de mis vecinos son mis vecinos, El delantero centro fue asesinado al atardecer, en fin, a qué seguir…
Mas todo lo anterior es peccata minuta, porque con quien Delfín Colomer Basset se ha cebado es con el indefenso Mario Vargas Llosa.
Así por ejemplo, para quienes leímos La tía Julia y el escribidor es desde entonces un recuerdo imborrable la figura de Pedro Camacho, que profesaba un odio cerval e inextinguible contra los argentinos, de tal manera que todos los canallas y taimados de sus radionovelas eran, siempre, siempre, siempre, de esa nacionalidad. (Algo así como en las películas indias, de Bollywood, donde las prostitutas y los malvados siempre son cristianos).
Por lo mismo no tengo más remedio que reírme leyendo ahora en este Diccionario del Argot, la entrada correspondiente a la palabra «che» (p. 163), cuyo uso se documenta con una cita de la novela de Vargas Llosa: «qué más da que Pedro se dé gusto contra los ches». Lo que no tendría nada de malo como fe de la existencia del uso, si no fuese por la definición del concepto «che» que encabeza la entrada: «oriundo de Valencia, valenciano». Ay, Dios…
Y decididamente, el señor Delfín Carbonell Basset lee bastante mal a Vargas Llosa. Porque miren lo que sigue: «de la hostia (p. 368): bueno, estupendo, maravilloso. “Reconcentrado como la elevación de la hostia”. M. Vargas Llosa, Elogio de la madrastra».
Resumiendo: El Sohez, Diccionario del Argot, de Delfín Colomer Basset, tiene su puesto asegurado entre las obras de consulta ineludible cuando se trate de un lenguaje soez, patibulario, callejero, de andar por casa. No obstante, para un traductor de español a cualquier otro idioma, pudiera ser punible negligencia fiarse al 100% de todas y cada una de sus entradas. Vale.