Enseñanza
Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños
Toda titulación universitaria que se precie intenta captar estudiantes de un año para otro. Hasta se organizan ferias y exposiciones a las que acuden con sus mejores y más persuasivos pertrechos. Y reuniones a la carta con los alumnos de enseñanzas previas y de próximo acceso a la universidad, para acercar cada quien el ascua a su sardina y convencerlos de que no hay nada mejor en la vida como estudiar Historia del Arte, Filosofía, Pedagogía… Y, naturalmente, Filología y Traducción e Interpretación.
Por lo observado en los cinco o seis últimos años de asistencia a esas manifestaciones, de cada cien aspirantes a filólogos en sus múltiples variantes, quienes pretenden convertirse en intérpretes y traductores no llegan a cuatro. El dato no es absolutamente científico; responde, insistimos, a observaciones hechas en las reuniones y manifestaciones más arriba mencionadas. Por otra parte, parece que puede decirse que el interés por los estudios superiores de Traducción e Interpretación va paulatinamente en aumento.
El Instituto Nacional de Estadística, en su Clasificación nacional de ocupaciones 2011, punto 2923 «Filólogos, intérpretes y traductores», afirma: «Los filólogos, intérpretes y traductores traducen por escrito o interpretan oralmente, y estudian el origen, desarrollo y estructura de las lenguas». ¿Cabe mayor disparate por partida doble? ¿Alguien imagina de verdad a un filólogo interpretando o a un traductor estudiando el origen de las lenguas? Como no sea por mera afición y con los necesarios avíos complementarios…
Entresacamos algunas de las tareas propias de traductores e intérpretes que esa misma Clasificación incluye. No entramos en las que entendemos que son puro coto de los filólogos:
Si solo se aplicara a traductores e intérpretes (y se colocara en su rango la lengua de signos), no estaría mal.
Casi todos los traductores de cierta edad venimos de una formación filológica. Quizá por eso, por haber comido en dos pesebres, estamos bien colocados para apreciar unas diferencias claras entre ambas cosas, casi rayas rojas que no pueden (¿no deberían?) traspasarse en ningún ámbito de la comunicación; menos aún, cuando la información es para personas que se juegan la vocación. Somos conscientes, claro está, de que hoy en día todos terminamos haciendo lo que nos ponen por delante —sin llegar al mítico «más cornás da el hambre» (El Espartero, 1865-1894)—. Pero eso es otra historia. Hablamos solo desde un planteamiento teórico. Al final, es cierto que ambos licenciados —o, pronto, graduados— pisan césped contrario: algunos filólogos también traducen (traducción filológica, literaria…) y algunos traductores se dedican a la docencia de la lengua. Hay asimismo terrenos ciertamente comunes, como la revisión de textos.
Sin embargo, en esas reuniones, ferias y exposiciones de fines convencedores, quienes presentan las Filologías suelen afirmar sin grandes matices que pueden dedicarse a la traducción (incluso a la interpretación). Es rarísimo, por el contrario, que los presentadores de los estudios de Traducción e Interpretación digan que la enseñanza de lenguas o su investigación es una de las posibles salidas.