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Jueves, 20 de octubre de 2011

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Historia

Manuel Bosch Barrett, traductor

Por David Paradela López

Nada fácil resulta encontrar datos acerca del abogado, escritor y traductor Manuel Bosch Barrett. Sabemos que nació en Centelles, provincia de Barcelona, en 1895, y que había viajado ya por Europa antes de mayo de 1936, momento en que parte rumbo al Pacífico para establecerse por tres años como presidente del Tribunal Mixto de la colonia anglo-francesa de las Nuevas Hébridas, actual Vanuatu.

Debió de ser —por lo que puede colegirse de su libro Tres años en las Nuevas Hébridas, publicado inicialmente como Rumbo a las Nuevas Hébridas— uno de esos abogados al estilo de la vieja burguesía catalana: hombre medianamente cosmopolita (tenía ascendencia inglesa por parte de madre), cultivado, familiarizado con los clásicos, observador moderado e irónico de las buenas maneras. El periodista Carlos Sentís comenta que muchos lo tenían por esnob y recuerda sus «ojos azules, tez rojiza y sin ser muy fuerte era alto, bastante corpulento y cuello de toro». Una sola de las sesenta instantáneas que ilustran sus memorias melanesias, tomada en Tahití, sugiere que pueda ser el tipo de torso desnudo que se recuesta sobre el brazo izquierdo en compañía de tres mujeres vestidas al uso polinesio. En cualquier caso, la distancia confunde sus rasgos.

En los primeros años de la década de 1940 publicó varios libros (Doña Isabel Barreto, adelantada de las Islas Salomón; La extraña vida de Pierre Queroul, reeditado como Xavier o la isla Imán; Pensión de Ultramar; ¿Tenía razón la Kon-Tiki?), en buena parte deudores de su experiencia de los trópicos. «Desengañado —según el escritor Jorge Ordaz— de la escasa apreciación de sus obras, Bosch deja de escribir ficción y se entrega de lleno a la traducción, llegando a ser uno de los más activos traductores de la época»: treinta y siete obras en doce años para el editor José Janés, según las cuentas de Ordaz. Entre ellas, libros de nobeles olvidados como Sigrid Undset y Pearl S. Buck (cuyas novelas moran hoy en el polvoriento páramo de los puestos de lance); nobeles recordados como Pirandello y Mauriac; autores de pasatiempo como P. G. Wodehouse; obras secundarias de primeros espadas como Chesterton, Robert Graves y Somerset Maugham; algún que otro best seller de la época, como Sinué el Egipcio de Mika Waltari, y uno de los títulos legendarios de la ciencia ficción: Yo, robot de Asimov. Por lo menos una de sus traducciones había aparecido ya antes del viaje al Pacífico: su versión de El barón Saturno de Villiers de L’Isle-Adam se publica el mismo año 1936.

A mi conocer, don Manuel dominaba el francés, el inglés y el italiano (bueno, y el bichelemar, el patués canaco con el que se comunicaba con los nativos hebrideses). Debemos suponer, pues, que muchas de sus traducciones debieron de ser indirectas: ni sabía finés para traducir a Waltari, ni húngaro para verter a Lajos Zilahy, ni sueco para leer a Undset. En fin, nada fuera de lo habitual para esos años (¿sólo para ésos?). Pero si a un autor conoció bien don Manuel, fue a Curzio Malaparte: aparte de la breve biografía que sobre éste escribió Franco Vegliani, tradujo Evasiones en la cárcel (bellísimo libro de impresiones que alguien debería recuperar), El inglés en el paraíso, Sangre, Malditos toscanos y, sobre todo, La piel. Durante los felices meses que dediqué a mi versión de esta última novela, tuve la versión de Bosch Barrett permanentemente encima del escritorio y pude comprobar hasta qué punto la deformó la censura (después de leer Tres años en las Nuevas Hébridas doy casi por seguro que los recortes y adiciones que presenta no se debieron a la mano del traductor). No me avergüenza admitir que adopté algunas de sus soluciones. Pienso ahora que don Manuel fue una figura digna de figurar en algún capítulo de Malaparte, acaso en alguna de sus conversaciones con Agustín de Foxá, y me siento doblemente orgulloso de formar parte, aunque sea un poco, de una tradición textual que une a dos personajes tan pintorescos.

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