Historia
Por Josefina Cornejo
Antes de que Amando Lázaro Ros (Cirauqui, 1886 – Madrid, 1962) abrazara la traducción en los años treinta y convirtiera su trayectoria en una de las más prolíficas e interesantes del panorama español de las décadas de 1940, 1950 y 1960, ejerció de periodista durante la primera mitad de su vida. Trabajó en la redacción de periódicos de San Sebastián y Madrid, donde llegó a ser vicepresidente de la agrupación profesional de periodistas. También intentó labrarse una carrera como autor cultivando diversos géneros literarios. Escribió ensayos (Unamuno, filósofo existencialista) y publicó varias novelas (Guerrilleros, Dios es corazón y El dormilón). Unos meses antes de su fallecimiento vieron la luz sus experiencias en la Guerra Civil española, que plasmó en Viboral. En 1916 la compañía teatral de la actriz argentina Lola Membrives representó en Buenos Aires la única obra del autor navarro de la que se tienen noticias, Río revuelto.
La instauración de la Segunda República fue el factor detonante de la intensa actividad política de Lázaro Ros. En los años veinte y treinta militó en el partido socialista y durante la guerra fue el editor de Claridad, el boletín informativo que difundía la rama marxista del partido. Al final de la contienda fratricida, su militancia socialista le condujo a la cárcel. Fue salvado de morir fusilado gracias al tesón de un familiar. No le mataron, pero las autoridades franquistas quisieron silenciarle: sobre él cayó la prohibición de continuar con sus labores periodísticas. Con todo, no abandonó el país. Buscó refugio en la editorial Aguilar de Madrid, en la que también se exiliaron otros traductores —represaliados políticos asimismo— como, entre estos, Julio Gómez de la Serna, Agustín Caballero y Manuel de la Escalera. Se iniciaba así una estrecha y prolongada colaboración que no solo se consagró a la traducción: durante lustros fue el artífice de Pregón literario, la circular mensual sobre las novedades literarias de la casa. Grijalbo, fundada en Méjico por una familia de exiliados catalanes, también confió en él para verter al español a los literatos más diversos.
Su lista de autores traducidos se nos antoja interminable. De las islas británicas nos acercó a Jane Austen (Orgullo y prejuicio, 1946), Oliver Goldsmith (El vicario de Wakefield, 1946), Anne Brontë (Inés Grey, 1951), Charles Dickens (Tiempos difíciles, 1952), Arthur Conan Doyle (Obras completas, 1953), William Thackeray (La feria de las vanidades, 1957 [la primera traducción española completa y directa del inglés]), Daniel Defoe (Robinson Crusoe, 1958), Rudyard Kipling (Obras escogidas, 1964), Robert L. Stevenson (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, 1963). Tampoco faltaron en su quehacer los norteamericanos Henry James (Obras escogidas, 1958) y William Faulkner (El ruido y la furia, 1960), ni los franceses Alexandre Dumas (Los tres mosqueteros, 1958) y Emile Zola (Roma, 1933) o los italianos Luigi Pirandello (Obras escogidas, 1956) y Alessandro Manzoni (Los novios, 1961). Colaboró asimismo en la traducción de las obras completas del Nobel polaco Henry Sienkiewicz y la norteamericana Pearl S. Buck. Destacó por prologar muchas de las traducciones que llevan su firma.
Si Lázaro Ros no hubiese sido un intelectual de ideología contraria al régimen, ¿se habría entregado a la traducción con la pasión y el empeño que le caracterizaron? Quizá se hubiera consagrado a su truncada carrera de escritor. No lo sabemos, mas una cosa es cierta: encontró en la traducción la única actividad literaria que se le permitió ejercer durante los tiempos más represivos de la dictadura franquista. Sobrevivió así a un exilio profesional en el interior de España. Su personalidad ha estado durante largos años vinculada a las novelas de Jane Austen y Conan Doyle, y sus obras completas de este último, junto con las Dickens y Twain, continúan publicándose después de cuatro décadas.