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Martes, 11 de octubre de 2011

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Crítica

Grado arbustivo de la crítica: la legión paracrítica (I)

Por Andrés Ehrenhaus

[Prólogo urgente de bolsillo: usamos para escribir un sistema arbitrario de signos en constante evolución cuyas leyes respetamos, transgredimos, creamos. Solo interpretando los signos podemos leer lo escrito; leer, por tanto, no implica entender un texto sino —apenas— interpretarlo. Cada lectura es, pues, una nueva interpretación que queda fija en la tablilla de cera particular de cada lector. La traducción, que también es una interpretación particular, queda fija en cambio en una página impresa, y puede y debe, como toda techné moderna, munirse en su beneficio de una crítica específica].

A día de hoy, tres magras ramas conforman el arbusto —es que no llega a árbol— de la conciencia crítica de la traducción. No me refiero al estudio de la disciplina: eso se llama traductología y sí que va viento en solfa; hay cientos de libros llenos de esquemas y flechas y mapas de flujo y taxonomías que explican con lujo de pormenores cómo ocurre el arcano misterio que los ignaros obramos cada día. Me refiero al análisis de las traducciones-ahí, al estudio serio y responsable (esto es, opuesto a libre) de los textos que se publican masivamente y se presentan al público como si no fuesen la representación de una representación. Algo con un poco de fundamento, con una pizca de método y, sobre todo, con otra intención que la de enarbolar la dudosa envergadura de unos conocimientos que las más de las veces se revelan cortos y blandos, por no decir estériles. Pero volvamos al arbusto.

De sus tres ramas, la primera es quizás la única que atesora una intencionalidad apriorística. La paracrítica es una erupción exantemática que en ocasiones le sale al reseñismo literario, un forúnculo de circunstancia al que el reseñista suele recurrir cuando cree haber descubierto en la traducción el motivo de que la obra reseñada no le entusiasme tanto, ya sea porque basa su conocimiento previo de la literatura del autor en la lectura de traducciones —y la que tiene entre manos no fluye1 como esas otras— o porque, sin conocimiento previo alguno, barrunta que el traductor no le está haciendo justicia a la obra que la providencia le puso entre las manos. Por fortuna o desgracia, este fenómeno paracrítico solo se verifica en obras traducidas de las pocas lenguas que los reseñistas suelen, por así decirlo, dominar y en las que se atreven a librar batalla, aunque solo sea lexicológica. Menos osados se muestran con las traducciones de Pamuk, Kadaré o Murakami; a lo sumo, algún preclaro podría llegar a compararlas con la versión francesa o inglesa y aventurar que éstas parecen fluir más.

La paracrítica no es exclusiva del reseñismo periodístico. También la ejercen los editores (grandes, pequeños, medianos, de mesa o de moqueta), cuando se sorprenden de que la traducción de la obra contratada no fluye (y dale) como parecían fluir las versiones, exitosas y aplaudidas, en francés o inglés, que también son, casualmente, los oráculos de referencia para la edición en lengua hispana. Dada la dificultad práctica de objetivizar un concepto tan escurridizo e inestable como la fluidez, más ligado al terreno de la experiencia y a cuestiones perceptivas antes que técnicas, el paracrítico suele recurrir a argumentos léxicos que, aunque pertenecen a otro plano jerárquico de la lengua, le resultan más fáciles de esgrimir y, eventualmente, volcar a su favor. No voy a aburrir al personal con la ilustración de este mecanismo, más simple que el del chupete pero mucho menos conveniente, sobre todo para la salud de la edición de traducciones. Señalemos en descargo de esta rama que, a pesar de lo sospechoso de sus estímulos y su, digámoslo de una vez, torpeza, se afana a su manera por escudriñar las traducciones maguer que, a la corta y a la larga, apenas llega a rozarlas. Como cuando alguien pretende arrear un rebaño de ñus montado en un triciclo.

Solemos quejarnos amargamente de este enfoque sin entender que (ladran Sancho) nos convierte, como mínimo, en objeto de crítica. Peores son, para el caso, las otras dos ramas del arbusto.

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