Ciencia y técnica
Por Bertha Gutiérrez Rodilla
«La evidencia que sugiere un vínculo entre la exposición a productos químicos y la disrupción de funciones endocrinas se ha estado poniendo de manifiesto en el estudio de especies animales. Si bien la exposición de personas a Disruptores Endocrinos está siendo documentada, el riesgo de exposición a EDCs y aparición de patologías no está suficientemente estudiado. Hay evidencia probada de aparición de desórdenes, a partir de la lista original definitiva de sustancias candidatas, por su actividad disruptora […]. Los estudios epidemiológicos que han intentado probar la asociación entre la exposición a EDCs y el riesgo de padecimiento de enfermedad en humanos son cuanto menos, insuficientes…».
Imagino que pensarán que este engendro, de cuya lectura ni el más avispado saca nada en limpio, no es más que el resultado de una pésima traducción, sin duda, desde el inglés. Pues se equivocan. Se trata de un texto compuesto originalmente en español, o eso creen al menos los que lo han escrito, porque si esto es español, lo que escribía Cervantes debía de ser arameo. Es decir, no es una traducción como la entendemos habitualmente: no hay un texto de partida en una lengua A desde el que finalmente se llega a este texto horripilante en una lengua B. No. Lo que aquí tenemos es más bien un efecto colateral —ahora de supermoda—, de esas traducciones convencionales, plagadas de defectos, que empapan de malas influencias las lenguas de llegada, en este caso el español, hasta el punto de que acabe resultando imposible calibrar si el texto que se tiene delante es original o traducido, porque hasta cuando es original huele a traducido. Y no sólo por los préstamos léxicos o los malditos falsos amigos, que eso ya, incluso, llega a ser lo de menos, sino sobre todo por los usos verbales, preposicionales, falta de artículos y demás «artefactos» explosivos que horadan la fábrica sintáctica de la lengua.
A mí esto me parece el colmo del desastre; del desastre que supone que una lengua —y todo lo que la rodea— ejerza su hegemonía sobre el resto. ¿Cuál es el proceso mediante el cual nuestra cabeza se acultura de tal modo a la retórica de los textos científicos en inglés, que cuando uno cree que está escribiendo en español lo que está haciendo realmente es escribir en inglés disfrazado de español? ¿Se trata de un peculiar bilingüismo? Tampoco es fácil dilucidarlo a través del estudio de las publicaciones que pudiera haber al respecto, pues sorprendentemente, si son numerosísimos los trabajos que se ocupan de las malas influencias llegadas desde una lengua hasta otra a través de las traducciones, sobre esto de que aquí hablamos se ha escrito bastante menos, por no decir casi nada. Quizá porque resulte más difícil de explicar…
Pero habría que ponerse a estudiarlo lo antes posible para tratar de frenarlo y evitar que siguiera avanzando esa carcoma, porque si traducir mal es malo, redactar como si estuvieras traduciendo mal es el no va más. Que las estructuras y las palabras de otra lengua se te metan tanto en la trastienda de tu cerebro que cuando intentas escribir en tu lengua materna se te cuelen por las rendijas axonales y dendríticas, es de lobotomía. Cuanto menos.