Historia
Por Carlos Fortea
¿Qué diríamos si alguien proclamara que la representación gráfica de la historia es un círculo? Fruncimiento de ceños, muecas, sobresalto. Sólo a un traductor se le puede ocurrir algo así.
Impertinentes… pero a los traductores les parece del todo verosímil tal idea. Narremos un cuento. Un tal Leandro Fernández de Moratín traduce Hamlet. Su traducción es contemporánea de El sí de las niñas, y en la parte en que ha pasado por las manos del traductor responde a criterios estéticos próximos a esta última obra mencionada, pero a la vez es muy anterior en el tiempo en cuanto que reflejo del original, y responde a criterios estéticos de una época pasada y presuntamente superada en el momento en que alcanza al público.
Esto produce una disfuncionalidad difícil de obviar, y a veces complicada de asumir. Como primera consecuencia, supone una ruptura del criterio cronológico como definidor de una historia de la literatura, porque a través de la traducción se provoca y se induce una suerte de eterno retorno, una vuelta continua, aunque no en primer término intencionada, a las fuentes formales y conceptuales de la literatura mediante un desvío a través de otras lenguas y otras culturas. Se llega, como dice Friedmar Apel, «a la aparente paradoja de que en determinadas épocas la renovación puede venir dada, precisamente, por el retorno a lo antiguo».
Pero este es sólo uno de los aspectos de la valoración histórica de las traducciones. Si las traducciones llegaran «por oleadas» a la cultura de destino, se podría valorar su influencia en ella con cierta solvencia a pesar de los retrasos; la realidad es muy otra: las obras extranjeras llegan a la cultura meta sin orden ni concierto, movidas en un importante número de casos por el criterio de actualidad, pero en no pocos por un criterio de rescate cultural (en cuyo caso, ¿a qué influencia pertenece la que ejerce la obra? ¿Se suma con retraso a la de las obras de su tiempo, o goza de una influencia individual correspondiente al momento de su traducción? ¿O ambas cosas?), o llegan inesperadamente rezagadas por situaciones de censura (lo que les dota de un valor añadido como obras «rebeldes», «prohibidas», envueltas en un halo de romanticismo que multiplica su influencia, muchas veces sin razón: los criterios del censor son habitualmente inextricables y ciegos; no siempre es fácil saber, al leer la obra tanto tiempo prohibida, por qué fue prohibida en realidad). Historiar la traducción es fácil. Ubicarla en el sistema literario es más que complejo.
Esto produce una bifurcación: por una parte, se estudia la traducción dentro del sistema literario; por otra, se estudia su propia historia como género, aplicando los criterios cronológicos, en realidad, a los traductores, puesto que la historia de la traducción de las obras es circular: no hay traducciones definitivas. Las obras reaparecen en el sistema «traducción» con una cadencia cuasi generacional, «reinfluyen» en el sistema literario. Una nueva traducción de La montaña mágica lleva a Thomas Mann no ya a una nueva generación de lectores, sino a una nueva generación de escritores, que a su vez «renuevan» el estilo literario… con materiales antiguos.
La historia de la traducción no termina nunca, no sólo porque ninguna historia termina nunca, sino porque la nuestra siempre vuelve a empezar, cosa que no ocurre con todas las historias. Como en tantas cosas, somos un poco diferentes. Un poco imposibles.