Diccionarios
Por Juan de Sola
Decía Walter Benjamin que «no saber orientarse en una ciudad no significa gran cosa. Perderse, sin embargo, en una ciudad como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje».1 A uno le gusta creer que lo mismo ocurre en las bibliotecas y los bosques de diccionarios, donde un libro lleva a otro y una referencia pide ser cotejada con otra del mismo rango o mayor.
Estábamos, si lo recuerdan, en el Dictionnaire des dictionnaires de Paul Guérin, donde Frédéric Godefroy, el más incómodo y menos modesto de sus redactores, se había encargado de las entradas referentes a traditeur y dictionnaire, y sospechábamos que de su pluma había salido también la definición de traduction.
Volvamos al volumen VI (REIN-Z) del Dictionnaire des dictionnaires, página 840. La definición ocupa casi una columna entera; dos, si añadimos también la definición de traduire (recuérdese que está impreso a tres columnas y se trata de un infolio), lo que no es poco. Vamos al final de las entradas y comprobamos que, en efecto, vienen firmadas por F[réderic] G[odefroy].
Arranca Godefroy como es preceptivo: «s. f. (du lat. traductionem, de traducere). Action de traduire». Los diccionarios son un dechado de precisión e intertextualidad, acotan por un lado y remiten a la ampliación por el otro, contraen y expanden el mundo en milésimas de segundo, son la causa de un big bang silencioso y casero, inodoro y sin graves consecuencias. Después de citar la célebre cita de Du Bellay y los romanos, añade otra definición de libro: «La version d’un ouvrage dans une langue différente de celle où il a été écrit». Tras observar que también se entiende por traducción la interpretación de una cosa por otra de naturaleza diferente, nos ofrece un ejemplo sacado de D’Alembert: «On peut regarder l’enchaînement de plusieurs vérités géométriques comme des traductions plus ou moins différentes et plus ou moins compliquées de la même proposition, et souvent de la même hypothèse». Es un ejemplo desconcertante. Por una parte, no parece que venga a cuento (salvo por la autoridad que otorga citar a D’Alembert); por la otra, me suena, lo he leído no hace mucho en alguna parte buscando información para la traducción de un libro que tengo entre manos.
Una búsqueda rápida en Google me da la clave de ese reconocimiento: se trata de un pasaje del «Discours préliminaire des éditeurs», que encabeza el tomo primero de la celebérrima Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Guérin y Godefroy escogen bien a sus autoridades. Pero ojo, es terminar la cita de D’Alembert y advertir que no, que no puede ser, que hemos errado el tiro: esta primera parte de la definición la firma un tal F. L., que no es otro que Frédéric Loliée, «adjunto a la dirección del Dictionnaire». Parece ser que Godefroy firma sólo la segunda parte de la definición, la que se ocupa de la traducción en literatura. Y empieza por todo lo alto:
La traduction est un des arts littéraires les plus difficiles, quoi qu’on en dise, car n’est point traducteur qui veut, et les difficultés nombreuses, insurmontables parfois, que doit vaincre le traducteur réellement digne de ce nom, ont plus d’une fois, à son insu, fait su traducteur, un traître. C’est là le sens du célèbre proverbe italien […].
Este hombre es incorregible, ve conspiraciones en los lugares más insospechados. Esperaremos a ver si, en el próximo trujamán, nos ilustra con algo más de ciencia y nos saca de paso de la ignorancia.