Historia
Por Josefina Cornejo
Hace unas semanas, Diego A. Manrique lamentaba en El País la falta de rigor histórico de la última novela de Alan Furst. Cualquier lector español con una cultura media encontraría hasta ofensivas las vaguedades, incoherencias e imprecisiones que en ella abundan. Estas habrían sido aún más cuantiosas de no haber intervenido el sentido común de los traductores, quienes han eliminado muchas de las embarazosas referencias a la España de la Guerra Civil, que revelan el desconocimiento casi total del conflicto por parte de Furst.
Lo anterior no es una mera anécdota. En ocasiones se hace necesario enmendar un flagrante error. En otras, sin embargo, el traductor decide de forma consciente corregir el texto para, según su credo, mejorarlo. Recordemos un episodio si cabe peculiar, tanto por la relevancia del autor y de la pieza traducida —protagonistas indiscutibles de la literatura universal— como por el prestigio de quien emprende tal aventura.
En 1798 se publica Hamlet, tragedia de Guillermo Shakespeare, traducida e ilustrada con la vida del autor y notas críticas, firmada por Inarco Celenio. Tras este seudónimo se oculta Leandro Fernández de Moratín. Nuestro dramaturgo llega a Inglaterra en 1792. Con rudimentarias nociones de inglés, se convierte, sin embargo, en un asiduo espectador de la escena teatral londinense. Apenas dos años más tarde, de nuevo en España, confiesa en una misiva que ha traducido la famosa obra. Lo hace en prosa, sin respetar, por tanto, la alternancia de verso y prosa del original. Esta no constituye la única diferencia con el texto del Bardo. El traductor ha dejado su impronta neoclásica en su versión de la inmortal tragedia.
Las notas críticas encierran el testamento dramático de Moratín, afrancesado y de espíritu ilustrado. En ellas analiza las dificultades planteadas (recordemos su escaso dominio de la lengua foránea) y emite su juicio al volumen traducido. Dictamina que el isabelino «ignoraba el arte y no sabía borrar». Alaba su mérito poético y sus «bellezas admirables», pero destaca defectos «que manchan y oscurecen sus perfecciones». Califica la acción de «grande, interesante, trágica», mas observa situaciones que se le antojan inverosímiles. Ensalza a determinados personajes y muestra indignación ante otros, cuya moralidad incluso cuestiona. Censura las escenas sobrenaturales y los elementos (esto es, cadáveres, espectros, bufonadas, etc.) que considera incompatibles con el concepto de tragedia. Desaprueba la inclusión de estas apariciones, «intempestivas y soeces», en el discurso filosófico subyacente de la obra.
No acaban ahí las correcciones. Moratín cambia de escena cada vez que irrumpe un personaje nuevo. Prescinde de aquellos que en su opinión pierden el tiempo, ya que en el teatro, este «es muy precioso». Reduce las metáforas, simplifica las imágenes y omite los juegos de palabras. Reprueba que expresiones sublimes «de robusta dicción» alternen con un lenguaje «hinchado y gongorino». Tilda algunos diálogos de groseros e hilarantes. Pule las locuciones que expresan violencia y suprime juramentos, alusiones sexuales, puesto que podrían «ofender la modestia de los lectores», y expresiones «poco decentes», ya sea por miedo a que el drama sea pasto de la censura, o por una decisión personal de embellecer el texto. Deplora, por último, que las pasiones trágicas se aderecen con «chocarrerías vulgares» y «bombachadas ridículas» que provocan tanto risa como fastidio.
La aproximación de Moratín a Hamlet responde a la tensión entre fidelidad y creatividad. Admira al autor (afirma que la obra «es una de las mejores de Guillermo Shakespeare»), pero la moderación, el decoro y el deseo de suavizar el original son sus máximas, sin olvidar su juicio deformante propio de la época neoclásica, cuyas reglas —entre ellas, verosimilitud de los hechos, veracidad de los personajes, pureza del lenguaje y adoctrinamiento moral— aplica en toda su actividad literaria. Nuestro traductor se descubre como un claro exponente de los usos habituales (supresiones, alteraciones, amplificaciones, etc.) de la traducción dieciochesca en España.