Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Películas
Lunes, 4 de octubre de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Películas

De bolos, fistros, faraonas y tal y tal

Por Pablo Moíño Sánchez

En un capítulo de la serie El Príncipe de Bel Air, Carlton decide que, en lugar de ir a la universidad, quiere convertirse en jugador profesional de bolos. Will cree que se le quitará de la cabeza esa idea en cuanto pierda una partida, así que, convencido de que él es mucho mejor jugador que el torpe de su primo, lo desafía. Van a la bolera; allí Carlton es bien conocido por todo el personal. Una de las empleadas lo saluda de esta forma: «Buenos días, Bolo». O al menos así —con mayúscula, como apodo de respeto— lo entiende Will. Ante la perplejidad del joven, el primo aclara, para deshacer el equívoco: «Es que es de Talavera».

Mi familia materna es de un pueblecito de Toledo, así que por esta vez entendí el chiste sin necesidad de que me lo explicaran, pero no estoy seguro de que todo el mundo sepa que «bolo» es un vocativo/apelativo habitual en ciertas zonas castellanas. Y como no sé qué decía Carlton en el guión original, no estoy en condiciones de juzgar si la traducción es apropiada o no, pero desde luego que, aun en el hipotético caso de que el juego de palabras fuera comprendido por todo el mundo, el efecto que provoca en el telespectador es chocante. ¿Qué hace una talaverana —de raza negra, creo recordar— trabajando en una bolera de Bel Air?

Recuerdo otros momentos de la misma serie en los que Will imitaba a Jesús Gil o a Chiquito de la Calzada; el público español se parte de risa, pero al mismo tiempo siente que le chirría algo. Y es que resulta difícil casar al fallecido presidente del Atleti o al inmortal pecador de la pradera con todo lo que sucede alrededor del chalet del tío Phil, partidos de béisbol, hermandades universitarias y mayordomo Geoffrey incluidos.

Por otro lado, parece evidente que en el guión original Will debía de estar imitando a algún personaje popular norteamericano que aquí no conocemos, así que una traducción literal no habría servido de mucho. Pero, si había que tratar de conservar la broma, ¿no se podía acudir, por ejemplo, al famoso «No siento las piernas» de Rambo, o a cualquier otra muletilla de algún personaje de allá que fuera bien reconocible aquí?

No vamos a darle muchas más vueltas: introducir de modo gratuito detalles tan españoles en una serie tan americana no es, seguramente, lo más recomendable en una traducción seria, pero en ciertas ocasiones triunfa precisamente por esa cosa de la desautomatización que ya estudiamos en Poética y retórica. Recuerdo ahora otro ejemplo, esta vez subtitulado y no oficial, de una conocida serie norteamericana: ante un peligro inminente, el protagonista, encadenado y sin posibilidades de escapar, le pedía a su amada que, si de verdad lo quería, se marchara de allí e intentase huir. El momento era dramático; la traducción, sublime, quiso ser un homenaje a La Faraona: «Si me queréis, irse». Y el telespectador, que se mordía las uñas de emoción, no solo lo perdona: lo agradece y no lo olvida.  

«No hagas mucho caso, que esto es un guiño», nos dice el traductor de la teleserie, al igual que hacían los comentaristas de Humor amarillo o de Pressing Catch cuando se inventaban todas aquellas historias. Y desde nuestro sofá, meneando la cabeza y aguantándonos la risa, como si tuviéramos que regañar a un niño pequeño que ha hecho algo verdaderamente gracioso, respondemos: «Vale, pero que conste que no me lo había creído».

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es