Traductología
Por Mariano Antolín Rato
De momento los traductores literarios quedamos a la espera temerosa de que nos consideren del todo unos criados por horas de las editoriales —en un reportaje reciente de El País leo que dice Margaret Chen, directora corporativa de Telefónica, y a quien no imagino pariente de la otrora famosa empresaria de espectáculos de feria, Manolita Chen: «En China un traductor es como un miembro del servicio».
Mientras tanto, sentimos envidia al ver que el siempre incisivo y buen estilista Eugenio Trías dedica una de las dos páginas de una reseña que publica en el ABC Cultural a comentar favorablemente la nueva traducción hecha por Félix Duque de Fenomenología del espíritu, de Hegel. Lo que confirma que, cuando no se trata de filosofía, si no la más pura ignorancia, los traductores de literatura, en el mejor de los casos, podemos esperar una palmadita en el hombro que el reseñista del suplemento cultural que sea expresa por medio de que nuestra labor ha sido «justa», «exacta» y hasta, los entusiastas, «brillante».
Claro es que todavía podemos celebrar que sea posible traducir directamente entre ciertos idiomas y no haya que recurrir a lenguas intermedias como el Tok Pisino. Según el inagotable y repetidamente mencionado libro de David Bellos: Is That a Fish in Your Ear?,* una fuente inagotable de saberes, anécdotas doctas y sucedidos y curiosidades referidos a la traducción, ese Tok Pisino es una lengua intermedia que usa en la Gran Llanura Papúa un pueblo llamado bosavi que en general no habla más lengua que la suya, y para contactos comerciales siempre se ha fiado de las que hablan en las aldeas limítrofes que podían traducir lo que decían a un idioma parecido, y en tiempos más recientes, a la lengua regional de contacto, Tok Pisin.
Acabo de mencionar lo de lengua intermedia, porque hoy, también en los contactos comerciales —y el más reciente es uno que mantiene en inglés mi agente literaria con una editorial letona—, prima el uso del inglés. Pero en el caso de las traducciones literarias que hago al español desde ese idioma intento que parezca que no existe ningún intermediario. Que lo que tiene delante el lector le suene a lo que decía el original, sin que por ello crea en ningún momento que ha sido escrito por un autor de Barcelona, Buenos Aires o México D. F. Cuesta, desde luego, evitar que esa procedencia no quede reflejada de algún modo en el texto de llegada. Por lo que me resisto a recurrir a un «idioma neutro», que suprimiría la vida de la lengua original. Y que se aplique el Honi soit qui mal y pense quien crea que es posible hacer otra cosa.
Ahora mismo —y hago una pausa para escribir esto— me encuentro dedicado a traducir una memoir de un novelista americano del que ya he traducido varias novelas. Y a los problemas señalados —y muchos más— se añade el de la repetición. Pues si, en principio, parece natural que a un autor lo vierta a otro idioma el mismo traductor, puesto que conoce los procedimientos expresivos que usa habitualmente, lo cierto es que —en mi caso, supongo que compartido por muchos—, la reiteración suprime un aspecto fundamental. Hace que desaparezca la emoción de enfrentarse a unos rasgos idiomáticos inéditos con los que es preciso dar. Y mantiene dentro de un universo vital literaturizado que va a ofrecer pocas sorpresas.
Desde luego que se suele avanzar más deprisa —un factor muy a tener en cuenta dadas las tarifas—, pero raramente surge ese chispazo placentero que justifica una jornada de trabajo. El descubrimiento de un estilo en cuya búsqueda se estaba y que, de pronto, parece quedar plasmado en el texto traducido, no se produce. Se impone un cierto automatismo.
Si a esto se añade, como me está pasando estas semanas, que el autor escribe una memoir —término traducible por «memorias», «autobiografía» y, en este caso yo prefiero, «recuerdos»— la cuestión se agudiza. El traductor comprueba que numerosos sucesos narrados anteriormente en las novela, tienen su origen en otros equivalentes en la vida —o al menos la que se narra como no estrictamente literaria—. Las situaciones se reproducen desde un punto de vista distinto pero no dejan de ser equivalentes. Y eso, que para un estudioso de la obra del autor en cuestión puede suponer el origen de teorías que justifiquen su trabajo, para el traductor es motivo de desinterés. Pues, por muy servil que pueda ser considerada, quien la lleva a cabo aún alimenta la ilusión de que en su tarea está poniendo en juego sus capacidades de interpretación. Casi como cuando Celibidache toca a Bruckner de modo tan distinto a Günter Wald, a quien precisamente oigo ahora.