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Jueves, 22 de noviembre de 2012

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Lenguas

Sensacional descubrimiento lingüístico 

Por Ricardo Bada

Para gran vergüenza de los lingüistas, de los fonetistas, de los filólogos y de los gramáticos, aunque no de nosotros, los epigramáticos, ha sido un doctor alemán (esto es: un Doktor), promovido en una disciplina tan alejada de todos ellos como es la investigación de mercados, quien le ha puesto el cascabel al gato en uno de los intríngulis más resabiados del idioma español. No de otro modo cabe valorar su irrefutable afirmación en la publicación regular DW-Report, en Colonia, Alemania, que traduzco ad pedem litterae:

«El español castellano […] significa un problema para Argentina (y desde luego para el resto de Hispanoamérica). El dialecto de la potencia colonial de antaño no es apto para los países del Nuevo Mundo».

Por mucho que mi memoria bucea en las abisales profundidades de la Historia, no encuentro parangón posible al sensacional descubrimiento del Dr. Zöllner, a no ser recordando el egregio nombre de Copérnico. Sí, no vacilemos en homologarlo así: con esta inversión copernicana de los términos, el investigador alemán finiquita cualquier género de discusión acerca del idioma que hablan los españoles: ¡¡es un dialecto del que hablan los hispanoamericanos!!

Era tan sencilla la solución, como todas las soluciones geniales, que estaba ahí, al alcance de todo el mundo, y sólo los lingüistas, los fonetistas, los filólogos y los gramáticos españoles e hispanoamericanos la habían pasado por alto. Tenía que ser un Doktor (esto es: un doctor alemán) quien sacase el conejo del sombrero, y para mayor mérito suyo, sin saber más castellano que el elemental para comprar carretes de diapositivas: «Buenos Días».

No es que le falten contradictores al Dr. Zöllner, no. El lingüista canario-germano Julius Miller, aventuró la hipótesis de un absoluto black out del mencionado Doktor: «Porque si lo que se habla en la Península es un dialecto del español, ¿cuál es entonces el idioma matriz? No podría ser otro sino el que se habla en la América hispana, y ello nos llevaría de nuevo a la cuadratura del círculo y, sobre todo, al eternamente irresoluble dilema agropecuario de qué fue antes, si el huevo o la gallina».

Los fonetistas, por su parte, reinciden en la imaginería zoológica y entienden que el Dr. Zöllner confunde las churras con las merinas. Por supuesto que este idioma, dicen ellos, tal como es pronunciado por los habitantes del Estado español, le resulta un tanto repelente a los del Nuevo Mundo: su repertorio incluye demasiadas ces y un exceso de zetas. Pero de ahí a inferir que, por ello mismo, se trata de un dialecto, es como si se dijese que el inglés de Inglaterra es un dialecto del que se habla en los Estados Unidos, o que el francés de la douce France es un dialecto del quebecois o del créole.

No faltan filósofos del lenguaje que, tocados en su amor propio, arguyen lo siguiente: «El Dr. Zöllner es un epígono de los doctrinarios indigenistas de brocha gorda de Berkeley. Aceptar su tesis sería algo así como figurarse que hubiese sido Moctezuma quien descubrió España, y que al cabo de cinco siglos se dijese que el nahuatl platicado en México es un dialecto del hablado en Madrid».

Un colega epigramático a quien hemos consultado, y que prefiere seguir en el anonimato, nos comentó finalmente: «Mire, allá por 1964, cuando no llevaba yo ni un año en Alemania, ya había constatado, y hasta lo llegué a publicar en un semanario madrileño, la sólo aparente paradoja de que la única diferencia entre un analfabeto español y un analfabeto alemán es que este último, por lo general, sabe leer y escribir. Entretanto parece que hasta les publican lo que escriben».

Nuestra modesta y objetiva opinión, asimismo epigramática, es que ni tanto ni tan calvo, y que lo que se percibe como común denominador en todas las opiniones apuntadas no es otra cosa que la envidia. Ahí es nada, dejarle a un alemán, por muy Doktor que sea, la gloria de haber desentrañado uno de los arcanos más inextricables del idioma hispanoamericano, la noble lengua de Cerborges.

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