Autores s. xx
Por Mariano Antolín Rato
Por si la palabra escrita con mayúsculas seguida de la otra en minúsculas que pongo en el título no lo dan suficientemente a entender, como resulta previsible, aclaro que pretenden destacar la importancia del primer oficio sobre el segundo de dos grandes hombres recientemente muertos. Se trata, y por orden de edad no por fecha de fallecimiento, de Ramón Sánchez Lizarralde y de Miguel Martínez-Lage. Los dos Premio Nacional de Traducción, los dos con una enorme cantidad de libros traducidos antes y después del premio. Y los dos colaboradores habituales en revistas y diarios fundamentalmente sobre cuestiones literarias, aunque no siempre. Pero además, y de ahí el «escritores» con minúsculas, dedicados de manera más bien secreta a la escritura de textos propios; no sólo a verter con notable acierto —subrayo— los de otros.
En realidad, Miguel Martínez-Lage durante mis relaciones con él, iniciadas cuando empezaba traducir, siempre fue de escritor. Se refirió a varias novelas que tenía a punto en más de una ocasión, pero hasta 2009 no publicó un libro: La coz en el tintero. Libro, escribo, porque aunque aparentemente se editaba como poemario, lo más interesante eran las extensas notas en prosa. Muchas de carácter autobiográfico en las que por lo general daba cuenta de las circunstancias que motivaron la escritura de los poemas. Sin restarles ningún valor a éstos, pues hay algunos memorables —el título, por cierto, no hace referencia a lo que a primera vista parece: «coz» es también la base del mástil, y «tintero», el orificio donde se introduce ese mástil—, lo más brillante son las extensas notas aclaratorias. Algo que le señalé, y pareció complacerle, en la presentación del libro en la librería La Central, de Madrid. Ahora, también La Central, pero de Barcelona, ha editado con primor —y no me importa usar un término tan resbaladizo—, acaba de publicar más prosas suyas. Wagnis es el título, y demuestran su dominio de la narración sobre el hecho literario. Y hasta qué punto la propia literatura, sin necesidad de recurrir a nada más que a sí misma, puede llevar a terrenos poco firmes donde el lector — mi caso— despega, o se hunde, en direcciones que le cogen desprevenido y le hacen reafirmarse en su pasión por la vida.
Ramón Sánchez Lizarralde fue amigo mío desde que nos tocó hacer la mili, cuando era obligatoria, en el mismo cuartel. Después nos hemos visto incesantemente —con excepción del periodo de su estancia en Albania—. Con él no me pasa como con Miguel Martínez-Lage, bastantes de cuyas traducciones eran de autores que están entre mis preferidos: Conrad, Faulkner, Beckett —entre otros muchos—, y que puedo leer en versión original, y comparar. Desconozco por completo el albanés, y el autor al que Ramón Sánchez Lizarralde se dedicó básicamente, Ismail Kadaré, me resulta novelísticamente primitivo, exótico y lleno de referencias a un mundo ajeno a mis intereses. Creo que he leído todas sus obras —y las de otros albaneses, entre ellos a la apasionante poeta Mimosa Ahmeti, cuya obra no tiene nada que ver con su nombre—, porque lo traducía Ramón Sánchez Lizarralde, y resonaba su modo de entender el castellano que tiene mucho ver con el mío. Sin embargo, como uno a veces es así de mirado, a pesar de que era amigo mío, me abstuve en la votación final del jurado del que yo formaba parte y que le concedió el Premio Nacional de Traducción. No me consideraba capacitado para pronunciarme.
Pues bien, de manera totalmente oculta, Ramón Sánchez Lizarralde escribía relatos y una especie de memorias, que alguna vez me dio a leer. Nunca se decidió a publicarlos, y la única colaboración que pensamos emprender juntos —la escritura de un guión cinematográfico basado en sus experiencias con la tortura de la policía franquista, que se inspiraba inicialmente, ¡toma ya!, en una secuencia de Roma, città aperta, de Rossellini—, nunca llegó muy allá después de que una consulta a Rafael Azcona advirtiera que sería muy difícil que encontráramos productor.
Los recuerdo a los dos. Tenían menos años que yo. Me han dejado —también a bastantes otros, y a sus lectores— mucho más solo.