Traductología
Por Ramón Buenaventura
Ando ahora en la traducción de un clásico francés del siglo xx, de un libro de gran éxito local y moderado éxito internacional, escrito por un muchacho que murió en la llamada Gran Guerra (pequeñas fueron las que vinieron después, ¿sí?) sin haber tenido tiempo de aprender a escribir. Entiéndase: de refinar el estilo, de imponerse disciplina, de tomarle gusto al adorno, de moderar los adjetivos y las imágenes asilvestradas, etcétera; de entender la razón y necesidad de la gramática (es lo que más cuesta).
Ante textos mal redactados, los traductores solemos disimular: hacemos como que no nos damos cuenta de los errores del original y —mirando a otro lado, mientras silbamos una amena tonadilla— los hermoseamos en la versión a nuestro idioma. Sin embargo, este libro me hizo plantearme algunas dudas, específicas y generales.
Dudas específicas: Si la obra, tal como está, ha gozado de muy buena aceptación por parte de los lectores, a pesar de sus descuidos sintácticos, de sus imprecisiones léxicas, de sus inelegancias reiteradas, de sus imágenes traídas por los pelos, ¿tengo yo derecho a enmendarle la plana al autor y volverla a redactar en español esmerado? ¿No será, quizá, que una de las gracias del texto está precisamente en esa torpeza tan juvenil, no será que la escritura se amolda al relato, no será que el lector halla placer en esas máculas estilísticas y gramaticales, porque lo acercan al joven narrador, facilitándole la identificación y la simpatía con él? ¿No sería preferible que la traducción intentara calcar el original, sin embellecimiento alguno?
Para que se entienda lo que quiero decir:
À une heure de l’après-midi, le lendemain, la classe du Cours supérieur est claire, au milieu du paysage gelé, comme une barque sur l’Océan. On n’y sent pas la saumure ni le cambouis, comme sur un bateau de pêche, mais les harengs grillés sur la poêle et la laine roussie de ceux qui, en rentrant, se sont chauffés de trop près.
Alrededor de las dos de la tarde del día siguiente, en medio del paisaje helado, el aula clara del Curso Superior se destaca como una lancha solitaria en medio del océano. Se diferencia del barco pesquero en que no huele a sebo y a salmuera, sino que despide el aroma de los arenques asados a la sartén y el olor a lana chamuscada por el calor de la estufa, de los que acaban de entrar.
A la una de la tarde, al día siguiente, el aula del Curso superior es igual de clara, en medio del paisaje helado, que una barca en el océano. No huele a salmuera, ni a sebo, como en los barcos pesqueros, sino a los arenques asados en la estufa y a la lana chamuscada de los que, al entrar, se calentaron desde demasiado cerca.
Las diferencias entre 2 y 3 saltan a la vista con la misma claridad que la susodicha barca en el océano: en 2, el traductor ha corregido las torpezas evidentes del original y, además, se ha considerado obligado a explicar el asunto (cometiendo, de paso, algún que otro error, como el de poner «sartén» por «poêle», cuando la razón del olor está precisamente en que se hayan asado los arenques en la estufa que calienta el aula; o incurriendo en el capricho de convertir la barca en lancha; o, no se sabe por qué curiosa martingala, adelantando la una a las dos —como aquel famoso que tradujo el «the clocks were striking thirteen» de 1984 por «los relojes daban la una»— esto último puede ser inventado, no lo sé). En 3, en cambio, se ha calcado el texto francés en la medida de lo posible, sin otra manipulación que el desplazamiento del «comme», necesario porque «es clara», sin «igual de» no se entendería en español.
Francamente, el traductor se asusta un poco ante la eventualidad de publicar una traducción como la 3, porque el lector podría pensar que es él quien escribe así, que es él quien estropea el original.
Pero...