Crítica
Por David Paradela López
A poco que se les deje, los teóricos gustan de proclamar que la literatura no está para dar respuestas, sino para plantear preguntas, plasmar diversidades, iluminar matices. Sorprende, pues, que muchas veces teóricos, y hasta escritores, sean tan dados al apotegma: la tarea del escritor es «purificar las palabras de la tribu» (Mallarmé), «destronar a las palabras de sus sitiales para entronizarlas con mayor aplomo» (Canetti), «escribir es constituirse en el centro del proceso de la palabra» (Barthes). Pese al diluvio, sigue habiendo quien entiende que algunas parcelas de la literatura todavía pueden contar historias. Y no me refiero a Dan Brown, sino a nombres tan dispares como Mendoza, Auster o el colectivo Wu Ming. A veces se hace tan difícil saber quién es el écrivain y quién el écrivant…
Sentencias como ésas no me parecen muy distintas de las de los críticos de la traducción, e incluso algunos traductores: que el traductor es un ser apocado y mezquino, amén de un escritor frustrado (ahí vamos de la mano con los críticos); que la lengua del original no envejece, pero sí la de la traducción (y los filólogos dale que te pego con tanta nota inútil al pie de nuestros clásicos); que a cada generación su traducción; que la traducción es un don que se tiene y difícilmente se enseña; que para traducir teatro se requiere un no sé qué que qué sé yo del que carecemos los traductores de libros; que la poesía es coto exclusivo de poetas; o que poesía es lo que se pierde en traducción (será que Ungaretti no hacía poesía cuando dijo: M’illumino / d’immenso. O seré yo, que no capto los matices que se pierden en román paladino); es más: que la literatura no es traducible; más aún: ¡que la traducción es imposible! La oferta es amplia, pero mi favorita —como la de tantos reseñistas de prensa—, será siempre el socorrido traduttore traditore. Apuesto un garbanzo a que cada vez que alguien lo pronuncia muere un gatito.
Eppur si traduce. Hastiados de tanta perorata indemostrada y tanto lugar común, cientos de traductores nos sentamos día sí y día también frente al ordenador y al libro (o al PDF, o a la fotocopia…) para ganarnos, con nuestro oficio imposible, el poco pan que renta traducir literatura. Me vienen a la cabeza las palabras de ese otro cultivador de megalitos, Blanchot: «El escritor se halla en la situación cada vez más cómica de no tener nada que escribir, ni medio alguno para escribirlo, y de estar obligado por una necesidad a escribirlo en todo momento». Donde pone escritor, pongan traductor.
En verdad, lo que parece es que mucha teoría, bajo el afeite de la reflexión y la crítica, pretende universalizar a la fuerza concepciones particulares. Lo importante es que la realidad no eche a perder una bonita frase. Por lo que a mí respecta, cada día me parece más difícil establecer certezas válidas para algo más que el caso concreto, pero quizá por eso no soy teórico ni crítico, porque no acierto a convencerme de que el espacio literario, como el espacio traductor, sean uno y que lo que queda fuera no sea nada. Pues serán nivolas, que decía el bilbaíno, pero algo serán. Tanto apotegma por uno y otro lado me parece cosa bien alejada de eso de la exploración de lo diverso y de la iluminación del matiz, que a fin de cuentas, contra viento y marea, es lo que seguimos haciendo tanto autores como traductores. Y ya me perdonarán.