Crítica
Por Andrés Ehrenhaus
Si la paracrítica pretende manipular el objeto sin dar con las herramientas adecuadas para analizarlo con rigor y método, al menos, decíamos, no lo niega ontológicamente. Sin embargo, precisamente porque se basa antes en sagacidades y prejuicios que en un saber sistemático —de manera tal que, aunque el paracrítico diera alguna vez en algún clavo, no sabría explicar muy bien por qué—, este tipo de aproximación epidérmica está, poniéndonos platónicos, más cerca de las opiniones que de las ideas. Ahora bien, las opiniones que se demoran en una interpretación errada del ser son menos nefandas que las que confunden el ser y el no-ser, viendo ser donde no lo hay y viceversa. La paracrítica erra, en todo caso, en la apreciación del objeto pero no en su existencia: reconoce que la traducción es. Incluso cuando opina que determinada traducción no fluye o es mala. Así, pues, el reseñista, el editor, al ejercer de paracríticos, reconocen mediante este sencillo acto que ni la traducción (faltaba más, con el coste relativo que tiene) ni su autor son tan invisibles.
No así las otras dos ramas. Lo cual no deja de ser paradójico, porque son a las que recurrimos los propios traductores. Anticrítica y acrítica se parecen mucho a primera vista pero no son la misma cosa; comparten, si acaso, un mismo efecto colateral: el de hacernos rodar pendiente abajo la ladera de la visibilidad cada vez que logramos llevar hasta arriba una nueva y modesta piedrecilla. Si esto fuera un ejercicio de humildad (recuerda: sólo eres autor de tu traducción), bienvenido sería. Pero en un caso huele a orgullo herido y en el otro, a soberbia o estolidez.
De ambas, la anticrítica es la más visceral y hasta se diría que surge como reacción justa a los torpes palos de tuerto de la paracrítica. Hartos de ser juzgados por delitos y faltas no cometidos y, además, mal tipificados, los traductores nos negamos a someter nuestro trabajo a estudio. Ya está bien de que se nos rase tan malamente. ¿Hasta cuándo van a devaluar nuestra producción con argumentos de cuarta categoría en descenso, con ocurrencias alérgicas y mal documentadas, con berrinches de sinonimistas caprichosos? Después de todo, están manoseando la manufactura que producimos para poder comer. ¿Cómo no vamos a reaccionar airadamente y a la defensiva? A partir de ahora (un ahora hipotético y siempre avante), no más críticas. ¡Habrase visto! Para una vez que nos mencionan en prensa (o nos trasladan algún comentario editorial), lo hacen sin delicadeza ni fundamento, y apuntando a la nuca…
De aquí se sigue que la crítica, toda crítica, es nefasta para la profesión. Que sólo sirve para dejarnos en evidencia y erosionar aún más nuestro endeble prestigio. Que es mejor pasar por no ser que por ser y que te apaleen. Etc. Como toda postura poco asentada, reactiva y metonímica, la anticrítica genera una batería de lugares comunes de apariencia balsámica que, en lugar de protegernos, nos alejan de la posibilidad de ser y de todas las prerrogativas que ese ser implica: ser reconocidos, ser analizados, ser valorados; en suma, ser leídos. El rechazo victimista de toda visión crítica nos devuelve al limbo de los que nunca acaban de conformarse (es decir, de adquirir una forma). Tanto llorar nuestra invisibilidad y a la fin resulta que, hurtándonos a la observación especializada, somos quienes más la propiciamos. Sic transit anticrítica. ¿Y la acrítica?