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Lunes, 29 de noviembre de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores s. xx

Traductor hedonista

Por Mariano Antolín Rato

Grove Press es una editorial de Nueva York de la que se habló y escribió mucho en las décadas de 1950 y 1960. Entonces fue acusada de obscenidad y tuvo varios juicios por realizar las primeras ediciones estadounidenses de El amante de Lady Chatterley, Trópico de Cáncer o El almuerzo desnudo —corrijo, como está mandado, el «ediciones americanas» que se me escapó en la primera redacción—. También ha publicado obras de Ginsberg, Kerouac y otros beats, aparte de bastantes más autores que se cuentan entre mis escritores favoritos americanos —ahora, con disculpas a quien corresponda, lo dejo así, junto al hipérbaton—. Y traducido a Robbe-Grillet, Ionesco, Genet, el Marqués de Sade; o a Lorca y Borges, Octavio Paz y Neruda.

Se comprenderá, pues, que preste atención a los libros de Grove Press, y encima, si se ocupan de la traducción, más todavía. Es lo que debió pasar hace un tiempo cuando husmeaba por la Strand Bookshop, esa descomunal librería de Nueva York, en Broadway cerca de Union Square, que compite por ser la mayor del mundo, tanto en libros nuevos, como usados o raros, y cuyo eslogan es: «15 millas de libros». En uno de sus estantes de la parte más polvorienta me encontré con el que se titula: Adam’s Dream: A Preface to Translation, de un autor que desconocía, Ben Belitt. Debido a cambios de casa, permaneció olvidado en una caja de cartón que no abrí hasta hace unos días. Al echarle una ojeada a la edición, que es de 1978 y, supongo, descatalogada ya cuando me hice con él, veo que Ben Belitt es traductor al inglés de Antonio Machado, García Lorca, Neruda, Alberti y Jorge Guillén, entre otros autores que escriben en castellano. Creo recordar que eso, aparte del título y editorial, fue lo que me hizo comprarlo en su momento.

Desconozco las versiones de Belitt, pero los textos incluidos merecen atención. Consisten básicamente en los prefacios a sus traducciones, y me interesa en especial, aparte de por su título, «El traductor como nadie en concreto», el que precede a Residence On Earth, de Neruda. Allí, y en los demás, polemiza de modo un tanto disperso con las opiniones sobre la traducción expuestas por George Steiner en Después de Babel. Y sobre todo insiste repetidamente en que la «teoría de la traducción» —las comillas son suyas—, no debe preceder a su práctica, que según él es inductiva, y sólo posteriormente puede servir como ejemplo para esa «teoría». Y asegura: «No me siento más sabio al respecto después de tres décadas dedicado a la labor».

Una labor, insiste Belitt, que no prepara para llevar a cabo «una poética de la traducción que me asegure el acceso a las verdades soñadas por Adán» —y aquí hace referencia al título de su libro, basado en un frase del poeta John Keats, que traduzco apresuradamente como: «La imaginación se puede comparar al sueño de Adán: despertó y lo encontró verdadero»—. Frente a lo cual invoca el «principio del placer» —comillas suyas todas las veces—, puesto que siempre enfoca su trabajo desde una perspectiva más hedonista que aristotélica. Y se apoya en una cita de Coleridge: «Mi objetivo principal con la poesía es el placer y no la verdad», para concluir que la finalidad inmediata de la traducción es el placer y no la verdad. Aunque termina templando gaitas y precisa que el placer inmediato lleva a la verdad imaginable, dado que los dos términos no son necesariamente antitéticos.

Resultan especialmente reveladores sus análisis de cómo la traducción de Poeta en Nueva York le permitió aprender la sintaxis española «en el acto de perseguir los sonidos, la idiosincrasia y el cante jondo de Lorca» —así lo escribe, aunque en ocasiones utilice deep song—. Y llama la atención sobre la similitud de actitud, voz, ritmo, imaginería y elección de los términos que algunos han visto entre su versión del gran poema de Lorca y Howl («Aullido»), de Ginsberg. Pero ese asunto y varios más, por cuestiones de espacio deben quedar para otra ocasión.

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