Errores
Por Ricardo Bada
En algún rincón de mi biblioteca apareció como llovido del cielo un ejemplar de una novela que se titula Pillow Talk; fue llevada al cine con Doris Day y Rock Hudson, y se estrenó en España bajo el título Confidencias de medianoche.
Y es evidente que por la razón que sea debo de haberla leído, aunque haya sido en otra de mis reencarnaciones, pues encuentro en sus páginas de guarda una anotación de mi puño y letra que remite a un párrafo subrayado en la página 7: «Empezó a vestirse. Se había colocado la bien ajustada falda y estaba terminando de abrocharse la blusa, cuando echó una mirada al reloj. Eran las ocho de la mañana». El resto de la página, la siguiente y parte de la 9, la protagonista habla por teléfono, y cuando concluye viene esta frase: «Con un golpe seco colgó el aparato, volvió a dirigirse a su dormitorio e intentó desprenderse de parte de su colérica energía por medio de los rápidos movimientos con los que procedió a ponerse las prendas interiores, los zapatos y un ligero traje verde de otoño».
La anotación de mi puño y letra dice así: «¿Cuántas veces se visten las mujeres estadounidenses durante una mañana? ¿y lo hacen poniéndose un traje sobre otro, con la ropa interior sobre el primero?, y si es así, como parece sugerir esta novela, ¿se trata de un fetichismo remontable a los tiempos de Pocahontas o es un mecanismo de legítima defensa contra el frío?».
Pero Pillow Talk (a no ser que lo imponga la CIA, como el expresionismo abstracto) no puede aspirar en ningún caso a entrar a formar parte del canon de la cultura universal, lo que sí sucede con Buddenbrooks, de Thomas Mann. Y fue leyéndola por primera vez, hace más de medio siglo, que se despertó de un modo incoercible mi pasión cinegética hacia todo lo que se refiere a trujamanería. Sepan por qué.
En la página 57 de la edición de Janés de Buddenbrooks, en su colección Manantial que no cesa (que conservo y es un tesoro), «tres o cuatro amiguitas tiran del cordón de la campanilla con todas sus fuerzas, y cuando aparece la vieja, Tony pregunta con simulada afabilidad si viven allí el señor y la señora Spucknapf, y luego echan a correr con gran alboroto». El lector español se preguntará por qué, y si su curiosidad es insaciable llegará al extremo de consultar un diccionario bilingüe, el cual le ilustrará acerca de que Spucknapf, en alemán, significa «escupidera». Con lo cual queda entendida la estúpida y cruel broma de las amiguitas.
Pero sigamos leyendo. Sólo dos páginas más adelante nos enteramos de que «el Pastor Hirt consideraba el colmo de la felicidad la coincidencia entre su profesión y su nombre». Y aquí, el traductor se consideró obligado a añadir una nota a pie de página en la que explica que Hirt, en alemán, significa «pastor». Es decir, que en una frase cuya enunciación nos está diciendo claramente que en alemán Hirt significa «pastor», el traductor nos lo aclara, pero dos páginas más atrás, donde nada permite adivinar la razón de que unas niñas echen a correr alborozadas luego de haberle preguntado a una viejecita si en esa casa vive el matrimonio Spucknapf, ese mismo traductor no nos aclaró nada. ¡Pues qué bien!…
Entretanto, el lector avisado habrá ya descubierto que cada vez que me refiero a esta obra maestra de Thomas Mann la nombro llamándola Buddenbrooks y no Los Buddenbrooks, como se la conoce comúnmente en nuestro idioma. Tengo mis razones para ello, en las cuales me asiste una autoridad tan indiscutible como es la del propio autor.
Ocurre que en 1950 un aristócrata escandinavo, el barón Buddenbrock, le escribió a Thomas Mann interesándose por saber de dónde había sacado el patronímico de su novela, y si existía alguna conexión entre su familia y la del libro. Y el ya entonces premio Nobel le contestó desde Suiza lo que sigue: «Mi novela juvenil se titula Buddenbrooks y no Los Buddenbrooks. Este artículo sólo se lo antepondría a un apellido noble, no a uno burgués». Así de sutil y de escrupuloso era Thomas Mann. Créanme si les digo que vale la pena releerlo.