Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Tecnologías
Jueves, 18 de noviembre de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Tecnologías

El libro electrónico, los guisantes y los traductores

Por Marietta Gargatagli

Hablaría cual cotorra argentina (me refiero a las aves) trasladada a Barcelona (hay millones) si dijera que soy una experta en libros electrónicos o que sé predecir el futuro. Me interesé en ellos (y en nuestro destino) porque unas personas maravillosas me regalaron uno y desde entonces voy intentando reflexionar sobre la cuestión.

Cualquiera que conozca la historia del libro sabrá que la palabra escrita tuvo diversos soportes y que los volúmenes impresos en papel vinieron después de la sencilla piedra, de los papiros y de los manuscritos. Herederos también de una tradición artística, en los libros se reprodujeron las bellezas formales más antiguas hasta hacernos sentir que la palabra escrita encerraba un misterio que, al recorrerla, nos incluía a nosotros mismos. La coincidencia de este soporte con el progresivo paso del analfabetismo a la alfabetización multiplicó el número de ejemplares de forma incalculable y democratizó esos sentimientos: en cualquier edición modesta y deshojada puede producirse la extraña ceremonia de fusión entre nuestra intimidad y lo enigmático del mundo.

Los libros electrónicos, como cualquiera de los artilugios tecnológicos que se usan a diario, nos trasladan a un futuro que miramos con sospecha y terror. En ese porvenir todos nuestros asuntos serán administrados por aparatos y todavía no sabemos con exactitud si tenemos ganas de estar ahí. Ya hemos superado con creces la esperanza de vida de una cotorra argentina (veinticinco años) y nuestra percepción de las nuevas tecnologías tiene poco que ver con la de niños y adolescentes que nacieron con un mando a distancia aferrado a sus manos regordetas. Los adultos de estas sociedades desarrolladas vivimos las novedades con un escepticismo voluntario: ¿hasta cuándo seremos capaces de poner en funcionamiento las cosas más elementales de nuestra propia casa?

Los libros electrónicos nos aterran por estas mismas razones: no porque los objetos que tenemos en nuestras bibliotecas Billy vayan a desaparecer; porque es un signo nuevo de nuestra propia desaparición.

Discutir estas cuestiones es como reflexionar, a la manera medieval, sobre qué habría pasado si Jesús se hubiera encarnado en un guisante en vez de hacerlo en un hombre. Los diversos formatos digitales existen —el que tengo es muy fácil de usar— y las editoriales están incrementando su oferta de e-books para los cuatro o cinco soportes que ofrece el mercado. Sin embargo, mientras cotejo la futura evanescencia de un mundo que ya no contendrá librerías ni mis libros ni a mí misma, no puedo dejar de observar una desaparición paralela y menos explicable: la de los traductores, que todavía son seres vivos.

Las plataformas digitales que pude consultar, de España y otras partes del mundo, omiten ¿deliberadamente? que los libros que se venden hayan sido vertidos al español o a otros idiomas por individuos que no sólo deberían aparecer de forma visible; también deberían recibir los derechos correspondientes que contempla la ley para las ediciones en papel.

No me importa imaginar un futuro, por más aterrador que resulte, donde encender la luz requiera un manual de instrucciones; me resulta inadmisible que ese mundo por venir nos traslade al pasado donde instituciones venerables, aunque únicas, administraban la riqueza intelectual de forma despótica, interesada y excluyente. Sobre todo porque las de ahora, como las cotorras argentinas, si siguen queriendo ocupar todos los árboles del pensamiento, también tendrán los días contados.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es