De consolatione vindictae
Por Fernando Sorrentino
En diversos trujamanes
he visto «quejas y lamentos» garcilasianos del traductor que se
considera agraviado y/o ultrajado en su honor y/o en su hacienda por el
estilo a menudo abusivo donde confluyen los varios matices de las
tristes avaricia, cicatería, tacañería y mezquindad de los editores. A
ese traductor arquetípico deseo señalarle también garcilasianamente
que «a mayor mal pudiera haber llegado» si el editor yendo más allá de
las citadas cuatro virtudes teologales que lo exornan trata de no pagar
en absoluto y, por añadidura, infiere alguna humillación a aquél.
Relacionado con lo
antedicho, recuerdo que, en la segunda mitad de 1978, el azar quiso que
yo fuese el primer lector de una historia verdadera cuyos protagonistas
son un editor, un traductor y ciertos animales útiles al hombre.
El relato bien podría
titularse «El consuelo de la venganza», pero lo cierto es que el
historiador lo llamó así:
La Corrección de los
Corderos
Según noticias de fuentes
muy dispares y siempre fidedignas, la Corrección de los Corderos
suele últimamente aparecer, cada vez con mayor frecuencia, en
distintos puntos de Buenos Aires y de las localidades vecinas.
Todas las informaciones
coinciden en describir la manera en que se produce el advenimiento de
la Corrección: de pronto aparecen, como surgidos de la nada, cincuenta
corderos blancos; enseguida acometen contra una víctima evidentemente
prefijada y en contados segundos la devoran y carcomen hasta dejarla
en sólo su esqueleto; así, tan súbitos como llegaron, en un instante
se dispersan y huyen en todas direcciones. Guay de quien ose
estorbarles la fuga: al principio se registraron muchos casos fatales;
después, los potenciales imprudentes escarmentaron en cabeza ajena, y
ya nadie se opuso a la Corrección.
En fin, no tiene sentido
extenderme en estos pormenores; todo el mundo está suficientemente
informado por medio del periodismo oral y escrito, y el material
fotográfico y fílmico es abundante.
La mayor parte de la
gente se halla profundamente preocupada por la Corrección, por sus
estragos imprevisibles, por su secuela de muerte y de miedo. Pero la
mayor parte de la gente es simple, de escasas luces y carente de poder
de reflexión, y su inquietud se limita, meramente, a desear que la
Corrección no exista. Desde luego, este deseo no anula la Corrección
y, mucho menos, logra averiguar sus causas y su sentido.
El error básico reside en
que, absortos por la Corrección, se han olvidado de las víctimas.
Durante digamos las primeras cien ejecuciones, lo que a mí me
quitaba el sueño era la inconcebible existencia de corderos que fueran
no sólo carnívoros sino, por añadidura, predadores, y de carne humana.
Después advertí que, por perderme en esos detalles, descuidaba lo
esencial: la personalidad de las víctimas.
Me di, pues, a hacer
averiguaciones sobre la vida de los occisos. Como si fuera un
sociólogo, empecé por lo más burdo: por los datos
económico-culturales. La estadística resultó inservible: en todos los
estratos había víctimas.
Entonces cambié de
sistema. Busqué conversación con parientes y allegados, y les tiré un
poco de la lengua. Los testimonios fueron variados y, a veces, hasta
contradictorios. Pero, ya con harta frecuencia, comencé a oír cierto
tipo de frase: «Que en paz descanse el pobre, pero la verdad es que
».
Una intuición casi
inequívoca me iluminó. Y, enseguida, me sentí casi por completo
seguro de mi embrionaria hipótesis el día en que la Corrección
descarnó a mi próspero vecino, el doctor P. R. V., el mismo en cuyo
bufete
El caso de P. R. V. me
condujo, de manera absolutamente natural, a la comprensión definitiva
del enigma.
Bien. Yo odiaba
minuciosamente a Nefario. Pero no querría que este odio contaminara de
baja pasión la fría objetividad que deseo para este informe. No
obstante, me veo obligado, en aras de la intelección del fenómeno, a
permitirme una digresión de carácter personal. Aunque quizás a nadie
interese, tal excurso es imprescindible siempre que se me crea para
admitir o rechazar mi hipótesis sobre las causas y los fines que
mueven a la Corrección de los Corderos.
La digresión es ésta. Lo
cierto es que el apogeo de la Corrección coincidió con una lúgubre
comarca de mi vida. Hostigado por la pobreza, por la desorientación,
por la pena, me sentía en lo profundo de un pozo oscuro cuya salida ni
siquiera lograba imaginar. Así estaba yo.
A Nefario, en cambio, la
vida como suele decirse le sonreía. Claro: el único objetivo de su
proterva existencia era el dinero. Sólo le importaba eso: ganar
dinero, por el dinero mismo, y en ese fin sagrado concentraba todas
sus despiadadas energías, sin reparar en medios ni escrúpulos.
Innecesario es decir que obtuvo éxito rotundo: Nefario era lo que se
llama un triunfador.
Yo ya lo dije estaba
muy necesitado. Y qué fácil resulta abusarse de quien padece. Nefario
ese buitre codicioso que jamás había leído un libro era editor. Yo,
a falta de otra cosa, realizaba para él traducciones o correcciones:
Nefario no sólo me pagaba sumas irrisorias, sino que, además, se
solazaba en humillarme con ruegos y demoras.
(La vejación y el fracaso
ya eran parte de mi persona, y yo me había resignado a ellos.)
Cuando le entregué mi
último trabajo esa maldita y engorrosa traducción, Nefario, como
tantas otras veces, me dijo:
Si queréis saber qué le
dijo el señor Nefario al traductor, no tenéis otro camino que leer el
trujamán titulado «La redención del traductor». |