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Sobre El trujamán

El trujamán
Miércoles, 12 de noviembre de 2003


De consolatione vindictae

Por Fernando Sorrentino

En diversos trujamanes he visto «quejas y lamentos» garcilasianos del traductor que se considera agraviado y/o ultrajado en su honor y/o en su hacienda por el estilo a menudo abusivo —donde confluyen los varios matices de las tristes avaricia, cicatería, tacañería y mezquindad— de los editores. A ese traductor arquetípico deseo señalarle —también garcilasianamente— que «a mayor mal pudiera haber llegado» si el editor —yendo más allá de las citadas cuatro virtudes teologales que lo exornan— trata de no pagar en absoluto y, por añadidura, infiere alguna humillación a aquél.

Relacionado con lo antedicho, recuerdo que, en la segunda mitad de 1978, el azar quiso que yo fuese el primer lector de una historia verdadera cuyos protagonistas son un editor, un traductor y ciertos animales útiles al hombre.

El relato bien podría titularse «El consuelo de la venganza», pero lo cierto es que el historiador lo llamó así:

La Corrección de los Corderos

Según noticias de fuentes muy dispares —y siempre fidedignas—, la Corrección de los Corderos suele últimamente aparecer, cada vez con mayor frecuencia, en distintos puntos de Buenos Aires y de las localidades vecinas.

Todas las informaciones coinciden en describir la manera en que se produce el advenimiento de la Corrección: de pronto aparecen, como surgidos de la nada, cincuenta corderos blancos; enseguida acometen contra una víctima —evidentemente prefijada— y en contados segundos la devoran y carcomen hasta dejarla en sólo su esqueleto; así, tan súbitos como llegaron, en un instante se dispersan y huyen en todas direcciones. Guay de quien ose estorbarles la fuga: al principio se registraron muchos casos fatales; después, los potenciales imprudentes escarmentaron en cabeza ajena, y ya nadie se opuso a la Corrección.

En fin, no tiene sentido extenderme en estos pormenores; todo el mundo está suficientemente informado por medio del periodismo oral y escrito, y el material fotográfico y fílmico es abundante.

La mayor parte de la gente se halla profundamente preocupada por la Corrección, por sus estragos imprevisibles, por su secuela de muerte y de miedo. Pero la mayor parte de la gente es simple, de escasas luces y carente de poder de reflexión, y su inquietud se limita, meramente, a desear que la Corrección no exista. Desde luego, este deseo no anula la Corrección y, mucho menos, logra averiguar sus causas y su sentido.

El error básico reside en que, absortos por la Corrección, se han olvidado de las víctimas. Durante —digamos— las primeras cien ejecuciones, lo que a mí me quitaba el sueño era la inconcebible existencia de corderos que fueran no sólo carnívoros sino, por añadidura, predadores, y de carne humana. Después advertí que, por perderme en esos detalles, descuidaba lo esencial: la personalidad de las víctimas.

Me di, pues, a hacer averiguaciones sobre la vida de los occisos. Como si fuera un sociólogo, empecé por lo más burdo: por los datos económico-culturales. La estadística resultó inservible: en todos los estratos había víctimas.

Entonces cambié de sistema. Busqué conversación con parientes y allegados, y les tiré un poco de la lengua. Los testimonios fueron variados y, a veces, hasta contradictorios. Pero, ya con harta frecuencia, comencé a oír cierto tipo de frase: «Que en paz descanse el pobre, pero la verdad es que…».

Una intuición casi inequívoca me iluminó. Y, enseguida, me sentí casi por completo seguro de mi embrionaria hipótesis el día en que la Corrección descarnó a mi próspero vecino, el doctor P. R. V., el mismo en cuyo bufete…

El caso de P. R. V. me condujo, de manera absolutamente natural, a la comprensión definitiva del enigma.

Bien. Yo odiaba minuciosamente a Nefario. Pero no querría que este odio contaminara de baja pasión la fría objetividad que deseo para este informe. No obstante, me veo obligado, en aras de la intelección del fenómeno, a permitirme una digresión de carácter personal. Aunque quizás a nadie interese, tal excurso es imprescindible —siempre que se me crea— para admitir o rechazar mi hipótesis sobre las causas y los fines que mueven a la Corrección de los Corderos.

La digresión es ésta. Lo cierto es que el apogeo de la Corrección coincidió con una lúgubre comarca de mi vida. Hostigado por la pobreza, por la desorientación, por la pena, me sentía en lo profundo de un pozo oscuro cuya salida ni siquiera lograba imaginar. Así estaba yo.

A Nefario, en cambio, la vida —como suele decirse— le sonreía. Claro: el único objetivo de su proterva existencia era el dinero. Sólo le importaba eso: ganar dinero, por el dinero mismo, y en ese fin sagrado concentraba todas sus despiadadas energías, sin reparar en medios ni escrúpulos. Innecesario es decir que obtuvo éxito rotundo: Nefario era lo que se llama un triunfador.

Yo —ya lo dije— estaba muy necesitado. Y qué fácil resulta abusarse de quien padece. Nefario —ese buitre codicioso que jamás había leído un libro— era editor. Yo, a falta de otra cosa, realizaba para él traducciones o correcciones: Nefario no sólo me pagaba sumas irrisorias, sino que, además, se solazaba en humillarme con ruegos y demoras.

(La vejación y el fracaso ya eran parte de mi persona, y yo me había resignado a ellos.)

Cuando le entregué mi último trabajo —esa maldita y engorrosa traducción—, Nefario, como tantas otras veces, me dijo:

Si queréis saber qué le dijo el señor Nefario al traductor, no tenéis otro camino que leer el trujamán titulado «La redención del traductor».

 


El trujamán



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