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Lunes, 20 de mayo de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Caso triste (y 2)

Por Ramón Buenaventura

Lo que interesa aquí, en términos de trujamanes, es por qué no puede traducirse al castellano una obra de tamaña envergadura (para encontrarle un antecedente en cuanto importancia para el entendimiento de la literatura, habríamos de remontarnos a Europäische Literatur und lateinisches Mittelalter de Ernst Robert Curtius — Literatura europea y Edad Media latina. México: Fondo de Cultura Económica, 1955, por Antonio Alatorre y Margit Frenk Alatorre, una obra maestra de la traducción, por cierto), qué estrangulamiento de nuestro sistema cultural impide el transvase al castellano de este trabajo, para ofrecérselo a la gran mayoría de hispanohablantes cultos que no se han molestado o no han tenido tiempo o no han querido aprender el inglés.

Como cultura ecoica que somos, a lo más que podemos aspirar es a no quedarnos demasiado rezagados en el conocimiento de lo que otros van inventando; pero es que esos otros gozan de privilegios que nosotros no podemos ni imaginar. El libro más erudito o más minoritario puede publicarse en inglés por varias razones. Primera, porque hay una red universitaria que da a conocer su existencia, poniéndolo en contacto con los posibles interesados, generalmente muy dispersos y muy caros de localizar. Segunda, porque hay una auténtica galaxia de bibliotecas en Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, India, los países escandinavos, Japón, etc., que siguen con mucha atención las novedades culturales y científicas y tienden a incorporarlas a sus fondos. Tercera, porque el caldo de cultivo de (casi) todas las ramas del saber está en Estados Unidos y, por consiguiente, este país, él solo, con sus trescientos quince millones de habitantes, tiene las minorías suficientes para absorber en un mismo idioma todas las aportaciones culturales que se van produciendo.

Comparada con la americana, la situación cultural española, en particular, y europea, en general, solo puede calificarse de lacrimógena. La fragmentación lingüística impide que las tres ventajas del inglés que acabamos de exponer puedan contagiarse a nuestros países: somos quinientos millones de criaturas de alto nivel medio cultural, pero nos dividen varios idiomas distintos: el inglés, el francés, el alemán, el italiano, el español, el portugués (no cuento los idiomas de países cuyos habitantes están obligados a aprender por lo menos una segunda lengua, si no quieren perder el contacto con el mundo). Ello implica un disparatado gasto de traducción para cualquier obra que aspire a difusión europea, y la traducción trae consigo una reducción drástica del número de lectores potenciales. The Novel podría interesar a miles de europeos, pero una vez traducida, solo a unos pocos cientos de franceses, alemanes, italianos, españoles, portugueses, etc. En otras palabras: la traducción no será rentable, seguramente, en ningún idioma, y no se hará más que (tal vez) en Francia —porque los franceses lo traducen casi todo— y en Alemania —porque los alemanes pueden pagarse casi todo, en este momento.

Por ahora, solo cabe agradecer a José Luis Amores que se haya pegado semejante palizón gratuito.

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