Crítica
Por Jorge Bergua
Como simple lector de literatura y ensayo, antes que como profesor interesado en la traducción, hace mucho que pienso en la utilidad que tendría la confección de una Guía de traducciones españolas en la que se diera cuenta de las principales versiones (actualmente disponibles) de los grandes escritores de todos los tiempos, desde Homero y Murasaki Shikibu hasta los de hoy mismo; eso sí, una guía que incluyera juicios, valoraciones, incluso rankings con estrellitas como las de la guía Michelin, y no meros listados asépticos, que a nada comprometen y en nada ayudan al lector.
En efecto, es fácil imaginar el desconcierto de un lector común, un estudiante, o incluso de un profesional del ramo, ante el dilema de tener que elegir entre tres, cuatro o veinte versiones distintas de una obra determinada (sobre todo si es un «clásico»), sin saber a dónde acudir en busca de un criterio solvente. Es verdad que recientemente se ha publicado el meritorio Diccionario histórico de la traducción en España (Gredos, 2009), pero en él la orientación «histórica» parece eximir a la mayoría de colaboradores de la ardua tarea de hacer valoraciones, sobre todo referidas a las versiones más recientes (ya se sabe que la historia es ante todo un cadáver bien enbalsamado: ya no da problemas, salvo de almacenamiento).
Pero nuestro hipotético lector quiere juicios claros, criterios de elección para el hic et nunc, para saber en qué gasta su tiempo y, si no es pirata, su dinero. Evidentemente, aquí es donde la idea se convierte en mera utopía, en simple desiderátum: en un mundo académico y literario-editorial como el español, en el que toda crítica que merezca ese nombre es percibida como una afrenta —o se sospecha que responde a oscuras razones de venganza personal o de clan—, concebir una tarea semejante parece un desatino, y quizá lo sea. Y ¡ay de quien se atreva a tocar a ciertas vacas sagradas, con sus premios, sus academias y condecoraciones en varios metales, aunque sus traducciones sean de juzgado de guardia! Un peligro suplementario que se me ocurre (al que no es ajeno el mentado Diccionario) sería el derivado de dejar la tarea en manos de los especialistas en cada autor: y es que los llamados especialistas no sólo suelen serlo en aburrir a las piedras, sino que a menudo, por decirlo suavemente, los árboles de su propia erudición no les dejan apreciar el bosque que quiere ver el lector.
Desde luego, qué duda cabe de que en una obra así habría que hacer un gran esfuerzo de moderación en el lenguaje, y donde a uno le entraran ganas de decir que «estamos ante una violación inmisericorde de la poesía de Safo, reducida, tras el paso de la artillería filológica, a lastimero cadáver de sí misma», o «asistimos a una insólita degeneración del verso shakespeariano, obligado a someterse a la estolidez de pensamiento y expresión del trujamán», sería mejor morderse un poco la lengua y limitarse a decir, por ejemplo, que se trata de «una versión solvente desde el punto de vista filológico, pero escrita en un español inexistente y en general carente de gracia poética alguna».
En fin, es obvio que son muchas las dificultades y obstáculos para alumbrar una guía de este estilo, pero cosas más raras se han visto. Así que si alguien se anima…