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Viernes, 10 de mayo de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Crítica

Jueces

Por Carlos Fortea

Si ardua es de por sí la labor del crítico literario, más ardua se vuelve cuando se le pide que valore y critique las obras traducidas. El seguro andamiaje del oficio, basado en los valores literarios, la capacidad de evocación o las capacidades formales del autor (por poner sólo algunos ejemplos de los muchos criterios a los que es posible recurrir), vacila al entrar en la danza elementos disonantes y no muy seguros, como la lealtad, la competencia técnica o la atención al detalle.

Vacila por muchísimas razones. Porque no siempre es posible opinar sobre un original que se desconoce, porque los criterios del traductor existen, pero no son apreciables a simple vista, y también, por qué no decirlo, por cierta desconfianza apriorística (¿cuántas veces no hemos oído decir como un elogio que la traducción es «fluida» o «legible», como si se debiera esperar que fuera torpe o ilegible?).

Y sin embargo, es una crítica necesaria. Los traductores, que tanto nos quejamos cuando se ignora nuestro trabajo, haríamos mal en hurtar el cuerpo cuando la valoración que se hace no es buena: en el trabajo público está implícito el riesgo.

Otra cosa es que no se haya desarrollado un código crítico que se pueda aplicar específicamente a las obras traducidas. Tal vez por una tendencia a buscar no lo esencial sino lo innecesario, a poner el foco donde el foco no arroja ninguna luz.

¿Por qué siempre buscamos el detalle cuando opinamos sobre una traducción? Es harto infrecuente leer en una  crítica a un autor de nuestra propia lengua comentarios del tipo de «en la página 73 hay un laísmo» o «la adjetivación con la que se describe a X en la página 139 no hace justicia al personaje».

Y sin embargo, es frecuente leer afirmaciones semejantes en la crítica a una obra traducida. Incluso se ha consagrado una expresión, la coloquial «gazapo», para referirse a esas concretas meteduras de pata cuya destructiva potencia se emplea contra quien las comete con la efectividad de un antitanque.

Los gazapos existen. Ninguno de estos cazadores de palabras que somos los traductores negará que se escapan de nuestras redes, con notable disgusto, en primer lugar, para nosotros mismos. Pero nada dicen de la calidad global de un texto. Lo importante no es que el error exista, sino si es lo que debe servir de eje para valorar el resultado global de un texto o si no es más que la vistosa anécdota que cae como deposición de pájaro sobre una obra de arte que, en todo lo demás, adorna con mérito la vía pública.

La crítica de la traducción no tiene por qué ser esencialmente distinta de la de las obras no traducidas, porque la traducción no es, cuando llega a las manos del lector, esencialmente distinta de los géneros de los que es voz. El libro que se abre a nuestros ojos tiene que ser juzgado por la luz que irradia, por el sonido de sus palabras, por su capacidad de evocación y por la pureza de su engarce con la tradición lingüística en la que desembarca, plasmada en un lenguaje que tiene que ser heredero de nuestra propia lengua, puesta en tensión para reproducir el mundo, tan distinto, de la lengua ajena.

Cuando la voz de un escritor resuena con fuerza en un país ajeno, cuando su brillo es capaz de deslumbrarnos, es porque un traductor ha esforzado sus capacidades. ¿Imperfectas? Tal vez. Repetimos la voz de alguien más grande que nosotros. Nuestra aspiración es que pueda decirse, con Oscar Wilde, que quien se parece tanto a lo mejor no puede por menos de ser excelente.

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