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Miércoles, 8 de mayo de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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La interpretación consecutiva o el juego del teléfono roto. (Frasier, El ala oeste de la Casa Blanca y la traducción de indocumentados en comisaría)

Por María José Furió

La traducción escrita parece prestarse más a la reflexión sesuda sobre su trascendencia poética, filosófica, etc., mientras la interpretación consecutiva, y especialmente cuando intervienen más de dos idiomas —es decir, alguna otra lengua además de las de partida y de llegada—, resulta un filón para la fantasía cómica. Sobre todo porque este tipo de traducción suele reclamar la presencia de otras personas —una rueda de prensa, una entrevista entre personalidades de cierto rango—, que a menudo —y forma parte del juego— esperan esa ruptura de la fluidez comunicativa producto del error en la interpretación. La voz, los silencios y la presencia misma de los intérpretes propician el gag visual o el mero chiste, por eso la ficción audiovisual aprovecha el rendimiento que ofrece presentar a varias personas obligadas a entenderse sin conseguirlo porque falla la herramienta principal, el idioma. Cuando plantean este desentendimiento también se subraya que en cualquier acto de comunicación prevalecen ciertos sobreentendidos.

La serie estadounidense Frasier, muy exitosa en los años noventa, presentó en uno de sus episodios una secuencia humorística aprovechando estas características de la interpretación consecutiva. Frasier Crane, psicoanalista cuarentón que presenta un exitoso programa de radio-consulta en Seattle, acude a la mansión de su hermano, donde se encuentra el profesor de esgrima alemán con el que su cuñada, Maris, al parecer mantiene un romance. La mujer del imponente esgrimista ha llamado al programa radiofónico para lamentar en un inglés macarrónico su sospecha de adulterio, por lo que Frasier se cree obligado a averiguar en qué fase está el romance. El enfrentamiento, que promete ser agresivo y lleno de emocionantes llamamientos a la moral y a la fidelidad, pierde toda contundencia y su pathos dramático cuando los duelistas descubren que no entienden ni papa del idioma del otro. Y en esta postergación del drama descansa toda la comicidad, pues Frasier debe recurrir a la criada hispana de Maris, una mujerona que habla un inglés elemental, pero que habla y entiende alemán por haber trabajado al servicio de un alemán escondido en Sudamérica… (risas cómplices del público). Él se traduce torpemente al español, la criada traduce con brío al alemán y las respuestas del desconcertado galán a un inglés aproximado. El mismo efecto paradójico buscó el guionista de El ala oeste de la Casa Blanca cuando en el capítulo titulado «Cena oficial» se descubre que el intérprete contratado para traducir al presidente indonesio no habla «indonesio» —esa lengua no existe, informa dignamente ofendido el profesional—: habla javanés, mientras el político habla batak, una de las «583 lenguas que se hablan en el país». De nuevo el guionista recurre a un intérprete de bajo rango: un pinche de la cocina habla batak y portugués, pero no inglés. El intérprete profesional, bendito sea, habla portugués, pero es el pinche quien transmite todas las cortesías de sus anfitriones hasta que el indonesio pregunta por qué no le hablan en… inglés.

La interpretación consecutiva se parece —y es el efecto que suele buscar el escritor o guionista— al juego del teléfono roto. El juego, donde una frase resulta progresivamente modificada hasta convertirse en otra muy distinta conforme interviene un mayor número de «intérpretes», es una metáfora de la tarea de traducir, y más cuando entre la lengua de partida y la lengua de llegada actúan una o más lenguas intermedias o lenguas puente.

A menudo, la fantasía del espectador o del lector, y del autor de ficción, pide que el traductor invente, cree un texto distinto, y que su invención no resulte de no haber comprendido el original sino, al contrario, de haberlo entendido pero albergar objetivos propios y una motivación ideológica. La figura del traductor encarna la mediación humilde, subalterna, entre dos «cuerpos textuales»; el que rompe ese pacto para crear un texto distinto desacraliza el texto y subraya la intención ideológica que subyace en cualquier enunciado.

Así, algunos periódicos hablaron del caso de los intérpretes de lenguas africanas que trabajaban en comisarías españolas, al descubrirse que el traductor contratado no sólo traducía las preguntas que le indicaban los «agentes de la ley» sino que además informaba al inmigrante (un sin papeles), en el idioma que compartían, de lo que le convenía responder para no acabar siendo deportado o expulsado o detenido, cosa que él traducía «fielmente» a los oficiales.

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