Autores s. xx
Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños
Antoine de Saint-Exupéry dedica Le Petit Prince «à Léon Werth». Como no hay traducción sin documentación, sin investigación previa, recordemos que Léon Werth era judío, escritor y crítico de arte, anarquista, incluso bolcheviquista… ¡Poquísimas cosas en común con Saint-Exupéry, además de la diferencia de edad! Sin embargo, fueron buenísimos amigos casi desde que se conocieron (en 1931). Cuando se publica Le Petit Prince (póstumo en Francia: 1945, aunque salió en EE. UU. en 1943, edición que el autor no llegó a ver), Werth tenía 67 años y vivía prácticamente recluido en Suiza. Saint-Exupéry (abatido en vuelo el 31 de julio de 1944) no había cumplido los 45. Es decir, que el libro está dedicado a un sesentón bien corrido.
Repasamos cuatro puntos de la dedicatoria, sobre la que, por otra parte, tanto se ha escrito ya; nos atrevemos a dar nuestra propia traducción:
De estas claridades y oscuridades, juego de cómplices insinuaciones que habría que haber entendido y enfocado con mayor profundidad —y probablemente también por los dibujos—, se decide (mucho más en español que en francés) que Le Petit Prince es un libro para niños. Así, cosa que no ocurre tan claramente en Francia, todas las ediciones en español que conocemos apuntan al niño como destinatario. A nosotros dos, en la enseñanza francesa, no nos llevaron a leerlo hasta los 17 y 18 años.
Más aún, se traduce casi siempre como El Principito, una ñoñez (¿o no?). Además, con una mayúscula impropia que convierte al personaje en alguien a quien parece que se le debe una genuflexión incomprensible. Las mayúsculas del francés responden a la norma general de que los títulos llevan mayúscula inicial hasta el primer sustantivo.
Sabemos que hay probados y más que respetables traductores que defienden principito, además de todos los que lo han traducido así. Sin embargo, a nosotros nos hace pensar en las acarameladas princesitas de los cuentos de hadas, y nos lleva a una visión blanda, muy lejos de la firmeza del Petit Prince, que tan en paralelo se ha puesto siempre con el jefe de Citadelle. De modo que nos parece mucho más atinado como título El pequeño príncipe. Y no digamos nada en el interior de la narración, donde principito nos duele una y mil veces. Los traductores estamos en muchas ocasiones hipersensibilizados y nos resistimos a emplear la más mínima cosa que pueda dar la impresión de calco. Pero entendemos que la existencia del diminutivo por sufijación en español no quiere decir que haya que proscribir sistemáticamente su formación con pequeño u otro.
La película de Stanley Donen se titula El pequeño Príncipe (sic). Y hay por internet noticia de versiones del libro como El pequeño príncipe.
Estas líneas —que no pueden ser muchas más— no quieren ser la defensa de una tesis, sino una llamada a la libertad de traducir atendiendo también al ritmo de lo que nos pone o no la carne de gallina. Y eso es tan subjetivo…