Historia
Por Josefina Cornejo
Durante los primeros años de la dictadura franquista, el volumen de traducciones aumentó de forma considerable. La pérdida de figuras importantes —muchos de los protagonistas de la escena cultural habían muerto, se encontraban en prisión o habían partido hacia el exilio— y la represión ejercida sobre los hombres de letras que permanecieron en el país significó un descenso en la calidad y cantidad de la producción artística en español. Los editores recurrieron a la traducción para suplir esta carencia, y autores alemanes, ingleses, escandinavos, italianos o franceses comenzaron a poblar los escaparates de las librerías. Los traductores se hicieron indispensables en este panorama. Entre ellos, Juan González-Blanco de Luaces (Luanco, 1906 – Barcelona, 1963), que se convertiría en uno de los traductores más prolíficos de la posguerra, con más de cien libros publicados en las décadas de 1940 y 1950.
G. de Luaces, como solía firmar, fue escritor antes que traductor. Su trayectoria, como la de otros muchos intelectuales, se vio truncada por el estallido de la Guerra Civil española. Su andadura literaria comenzó a una edad muy temprana. Criado en el seno de una familia de intelectuales que habían mantenido estrechos contactos con destacados representantes de la cultura española, como Ortega y Gasset, Manuel y Antonio Machado, Miguel de Unamuno y Rubén Darío, el ambiente intelectual que se respiraba en su casa fue decisivo para el desarrollo de su faceta artística. Sin haber cumplido los veinte años aún, apareció su poemario Saetas de Oro (1925). Le siguieron la novela histórica Los amores de Cleopatra (1928) y la biografía La dramática vida de Miguel Bakunin (1930). Más tarde llegarían La guerra de los sapos (1947), La ciudad vertical (1948), La nave de los cien condenados (1949), La huella de la noche (1949) y Un hombre de mucha suerte (1950). Otros títulos suyos no lograron eludir la censura. Con el bando nacional en el poder, su trabajo comenzó a ser rechazado por las editoriales. De joven, había pertenecido a las Juventudes del Partido Republicano Presidencialista de España; su compromiso y militancia le llevaron a desempeñar distintos puestos dentro de la formación. ¿Influyó su pasado republicano en la negativa a publicarlo?
Trató en varias ocasiones de huir de España. En uno de estos intentos fallidos, fue detenido y pasó unos meses en prisión. Tras una breve estancia en Portugal, marchó a Barcelona con su familia, dejando atrás el hambre y la miseria tan palpables en Madrid. En la capital condal escribió a diferentes editores. Luis Miracle fue el primero de una larga lista en confiar en sus posibilidades como traductor y quien le introdujo en el mercado de la traducción. G. de Luaces apartó, así, su labor de escritor y se entregó al oficio de la traducción. Su primer encargo fue Una mujer de Lisboa, del portugués Joaquim Paços d’Arcos. Otros muchos editores llamaron a su puerta: José Manuel Lara, Joaquín Gil, de la editorial Iberia, y Josep Janés, al que le unió una estrecha amistad y quien le procuró un gran número de traducciones. Colaboró asimismo con importantes editoriales de la época, como Juventud, Argos, Destino, Éxito y Mateu. Tradujo principalmente a autores en lengua inglesa. En su abultada nómina conviven las hermanas Emily y Charlotte Brontë, Joseph Conrad, Geoffrey Chaucer, Pearl S. Buck, William Somerset Maugham, Charles Dickens, Fenimore Cooper, Rosamond Lehmann, Winston Churchill, Pelham Grenville Wodehouse, Margaret Mitchell y Jonathan Swift. Firmó asimismo versiones españolas de obras de la italiana Milly Dandolo, los franceses Octave Aubry y André Maurois y los rusos Feodor Dostoievsky e Ivan Turgueniev.
Mucho se ha debatido sobre la ideología política del traductor, su influencia en el texto traducido y la función y relevancia de los traductores en la escena literaria de la España de la posguerra. Desde su posición como traductor, G. de Luaces, que constituyó un claro exponente de lo que Paul Ilie ha denominado «exilio interior», luchó contra el discurso dominante del régimen. Así lo revelan algunas de sus traducciones. Ya tenemos material para otro trujamán.