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Viernes, 25 de mayo de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Historia

El trujamán ahorcado

Por Mariano Antolín Rato

Desde la vez anterior en que me ocupé del libro de David Bellos: Is That a Fish in Your Ear? —que traduje por: ¿Eso de la oreja es un pez?—, lo he visto mencionado un par de veces. Las dos en la edición madrileña del diario El País. La primera por parte de Rodríguez Rivero que, siempre atento a las últimas publicaciones, se refiere elogiosamente a él y a la traducción literaria. Cuenta también que en francés lo han traducido por: Le poisson et le bananier. Como no sea porque, como hacen en la cubierta, relacionan una oreja y un plátano por proximidad morfológica, el sentido se me escapa. Por su parte, semanas después, el impecable Miguel Sáenz se refiere al libro de Bellos y lo titula de modo justo y explicativo: ¿Por qué lleva un pez en la oreja? A propósito, las líneas de Miguel Sáenz vienen incluidas en unas páginas que el suplemento del diario, Babelia (17-III-2012), dedica a la traducción. En ellas, varios profesionales reconocidos proporcionan una visión atractiva de su trabajo que me gustaría tuviera reflejo en el interés de los lectores.

Y como anunciaba —o amenacé con hacerlo, según para quien—, vuelvo al libro de David Bellos. Una vez terminado, la gran cantidad de anotaciones y comentarios con que llené sus márgenes demuestra los muchos contenidos que me atrajeron y sobre los que pienso volver. En ocasiones, sin embargo, llegué a pensar que en lo más profundo es superficial. Pero esa cáustica observación de Dorothy Parker, pronto la eliminé recurriendo a Wittgenstein y su: «Lo profundo está en la superficie». Algo en lo que, según otros, coinciden Rilke e tutti quanti. Todos ellos de mi mayor consideración.

En uno de los capítulos de carácter histórico, David Bellos trata de la consideración social del traductor en el transcurso de los tiempos y de la desconfianza que suscitan. La guerra, la diplomacia, el comercio y la exploración son actividades en las que los traductores son claves. Si uno no conoce el lenguaje del enemigo o socio, depende por completo de las personas que sí lo saben. Y como señala acertadamente Bellos, no hay nada como la dependencia para fomentar el resentimiento y el miedo.

Según esto, los poderosos mantenían a los traductores atados bien corto, y durante ciertas épocas, como esclavos. Sin embargo, a fines del siglo xv los venecianos enviaron a Turquía a jóvenes que aprendieran el idioma, y terminaron constituyendo una «casta de traductores» dentro del estratificado mundo otomano. Hacia el siglo xvii, todo el negocio de las traducciones, que se desarrollaba en paralelo con el negocio tout court estaba en manos de unas familias protegidas en parte por el hecho de que muchas de ellas también conservaban por herencia la ciudadanía veneciana. Diplomacia, espionaje e intriga administrativa formaban parte —dice Bellos— del trabajo que hacían esos traductores otomanos al italiano, que se llamaban tercüman. El término turco ha pasado al inglés como dragoman —y como palabra aguda aparece en el DRAE—. Y por influencia del árabe como trujamán en el español de la época de Don Quijote. La explicación del título de esta sección diaria lo deja bien claro.

Los trujamanes, los traductores otomanos al italiano, fueron adquiriendo poder, llegando a igualarse a los embajadores. Pero con objeto de no molestar a sus sultanes, en ocasiones traducían con bastante libertad, aunque sin modificarlos, porque la falta de fidelidad se castigaba con la muerte, los matices de los acuerdos. Y eso hasta tal punto que, en el siglo xviii, las embajadas occidentales empezaron a desconfiar de la fidelidad —en este caso lingüística— de los trujamanes. Tenían motivo. Cuando el sultán Mirad II —y sigo a Bellos— dio permiso a los ingleses para mantener comercio en tierras otomanas, en la carta de la reina Isabel se decía «que había demostrado su sumisión y devoción y declarado su servidumbre y apego» al sultán en la versión que recibió éste. Mientras que para los ingleses quedó resumido en que la reina ofrecía sincera amicizia.

Las cosas llegaron a tal punto de desconfianza, que en 1821 al más importante de los dragomanes lo ahorcaron por traición. Y de ese modo quedó constancia del castigo merecido por el traduttore-traditore del lenguaje internacional usado por los otomanos. Una maldición que todavía pesa sobre las cabezas de los que no nos resignamos a admitir la imposibilidad del intercambio de lenguas.

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