Ciencia y técnica
Por Bertha Gutiérrez Rodilla
Cuando estudiaba medicina, hace ya mucho tiempo, el libro que utilizábamos como manual en la asignatura de Patología médica era la versión española de los Principios de medicina interna de Harrison. Por aquella época cualquier médico que quisiera trabajar en Salamanca tenía que estar familiarizado, por ejemplo, con la llamada «fiebre de malta» o brucelosis, que por entonces era endémica en la provincia salmantina. El que más o el que menos tenía algún amigo que la había padecido, pero curiosamente en el Harrison no se decía una palabra de ella; algo que a mí, tan ingenua como era, me resultaba incomprensible. Hoy no me cabe duda de que la razón estaba clara: si esta patología —como dicen ahora— no tenía mayor interés en el hábitat en que vivían los autores del manual, seguramente pensaron que no era necesario incluirla en él. Y, por supuesto, a quienes lo tradujeron ni se les pasó por la cabeza que quizá fuera necesario añadir esta y otras cuantas enfermedades que en nuestro futuro profesional nos íbamos a encontrar con cierta frecuencia. Como tampoco se les ocurrió suprimir otras tantas que quizá no veríamos nunca…
Aunque al traductor actual de textos científicos, tan apegado al texto que va a traducir le pueda llamar la atención, la historia de la traducción científica nos muestra que a lo largo de los siglos los traductores han intervenido activamente en la forma final del «producto» conseguido, de acuerdo con sus ideas, pero también con los intereses del público destinatario: no son pocos los libros de los que han quedado sin traducir capítulos enteros por considerarse inmorales o inadecuados; ni aquellos otros cuyo contenido se ha adaptado al posible lector. Valga como ilustración la traducción hebrea —el conocido Sefer ha-Shimmush— realizada por Sem Tob ben Isaac de Tortosa a mediados del siglo xiii del Kitab al-tasrif de Abulcasis. El libro 29 de este compendio constaba en su forma original árabe de cinco capítulos, de los que Sem Tob decidió adaptar los dos primeros al uso de los judíos, porque según él mismo lo explica, éstos no iban a sacar provecho alguno de dos capítulos dedicados a los nombres de las plantas en griego, siríaco y persa. Por el contrario, le pareció más útil sustituirlos por un glosario de nombres de plantas medicinales en hebreo con sus equivalentes en árabe, latín y romance. Ciertamente, a un médico judío que ejerciera en la Provenza, por ejemplo, de poco le servirían los equivalentes griegos, siríacos o persas del nombre de una planta medicinal. Muchísimo más le interesarían los occitanos, catalanes, castellanos o, incluso, árabes, porque esas eran las lenguas que se utilizaban en el entorno en que se movía.
Hoy día, como adelantaba, este comportamiento sería impensable para el traductor científico, que intenta mantener como sea la fidelidad al original. Se han escrito ríos de tinta al respecto, a los que solo pretendo añadir una gota más para la reflexión: en mi opinión, esa adaptación del contenido que se ha practicado hasta épocas recientes no carecía de sentido, pues no era infrecuente —como hoy tampoco lo es— que el texto traducido, por reconocido que fuera su autor y la calidad de la información que allegara, no pudiera cumplir la función por la que se escribió y por la que después se tradujo, dado que no se adaptaba a quien, en teoría, estaba dirigido. Y así se producen libros, como nuestro querido Harrison, en los que faltaban tantas enfermedades como las que sobraban. ¡Qué pena que los promotores de estas traducciones no se preocupen de adecuarlas al público que las va a consultar! Pero, claro, eso implicaría tener que hacer varias versiones distintas, dependiendo de donde se vayan a vender y lógicamente las ganancias podrían resentirse…