Películas
Por Xosé Castro Roig
Una de mis especialidades es la traducción audiovisual, pero ya antes de dedicarme a ello profesionalmente me llamaban la atención, como mero espectador, algunos rasgos de los doblajes de las películas que veía en español, hasta tal punto que podría decirse que hay una suerte de «variedad dialectal» de nuestro idioma en el cine y en la tele y, así, hay expresiones que solo se dicen en las traducciones —mediocres— de películas.
Con mero afán instructivo —y no tanto por hacer una crítica negativa—, me gustaría repasar algunos errores habituales en las versiones españolas de películas, tanto dobladas como subtituladas; son pequeños o grandes deslices que cometemos cuando nos apegamos literalmente a la versión original.
No entraré aquí en aspectos ajenos a la traducción como, por ejemplo, el hecho de que algunos actores suenen distintos según cuál sea el idioma original de la película. Esto es debido a que los actores de doblaje escuchan la versión original antes de doblarla y, por tanto, la entonación de los actores originales les influye. Hagan la prueba: comparen el doblaje de una superproducción de Hollywood con una película francesa o italiana. A veces, se deja entrever ese soniquete de la lengua original en la voz de los dobladores.
Tampoco entraré en esas cuestiones de subtitulación que para algunos legos resultan errores, pero que no son más que las limitaciones propias del medio: los subtítulos están sometidos a la velocidad de lectura del espectador, así que la pérdida de mensaje es inevitable, ya que leer es mucho más lento que escuchar. En algunas películas que yo he traducido, con mucho diálogo, la pérdida de mensaje llegaba a ser hasta del cincuenta por ciento, nada menos.
En algunas películas, intuimos que algo debe ser gracioso, pero no nos hace gracia. Por eso, yo siempre insisto en que los traductores audiovisuales somos verdaderos traidores: debemos traducir emociones, no palabras. Y si para lograrlo, hay que modificar el mensaje, debemos hacerlo. La regla es clara: si el espectador original llora en esa escena, el espectador hispanohablante debe llorar; si aquel ríe, nosotros también. El reto creativo consiste en lograrlo con el menor menoscabo para la obra original.
El reto de la traducción de programas de ficción radica en las referencias culturales. Obviamente, en un programa informativo o documental, mantendremos rigurosamente las referencias a hechos o personas, pero si estamos traduciendo una serie cómica en la que la gracia de una escena consiste en que un personaje imita a un famoso político local (desconocido en España), tendremos que jugar con los elementos que nos aporta la imagen para conseguir hacer reír al espectador hispanohablante. Tenemos límites, porque no podemos sustituirlo por un político español similar, ya que provocaría un efecto adverso en el espectador, sumido en esa suspensión del descrédito que implica ver una película doblada.
Si han visto alguna vez una película o una serie estadounidense ambientada en una cárcel, comprobarán que este es un error recurrente. El director de una cárcel se denomina warden en inglés, pero el traductor mediocre que busca la expresión en el diccionario, se topa con alcaide, un término que, en España, no se usa desde el siglo xix. De ahí la necesidad de pensar el texto en español, no de traducirlo simplemente.
Este insulto es un claro ejemplo de expresiones que no se dicen nunca en nuestro idioma, pero las oímos constantemente en este dialecto que podríamos llamar español audiovisual. Es una traducción literal e inexistente de un término inglés que acuña un traductor y que perpetúan directores y actores de doblaje.