Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Traductología
Miércoles, 25 de mayo de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Traductología

Muy propio (IX)

Por Gonzalo García

Los topónimos de la ficción son otro hueso, otra oportunidad de placer. De la tópica Schilda alemana podíamos haber pasado quizá a la tópica Lepe de España; los diccionarios ofrecen con bastante timidez y nos dejan la despectiva Schildbürgerstreich (‘tontería propia de un habitante de Schilda’) en una simple ‘majadería’. Cuando Marinella Terzi versiona todo un libro al respecto, que describe las simplezas del carnicero Piel de Ternera, el sastre Sietequesos, el carpintero Garlopa o el porquero Jonathan Lechón, opta por inventarle un lugar ad hoc: Villasimplona.1

Es un ejemplo de nombres ficticios significativos, donde no queda más remedio que traducir. Hay un buen ejercicio en la historia de las aventuras de Stach, El rey de Katoren, que debe cumplir siete trabajos (más el bis) antes de ascender al trono: entre ellos, hacer callar a las aves de Decibelio; talar el árbol explosivo de Palenque; vencer al dragón de Humoacre, que oculta el sol a la ciudad; detener a las iglesias ambulantes de Ecúmene (uno de los mejores capítulos de política para niños que yo haya leído jamás) o curar las narices purulentas de Pituita.2

En ese peculiar país, que tiene ministros de la Honradez, de la Limpieza o del Celo, tampoco hay mejor solución que traducir los antropónimos de la ficción: Limpito, Impetuoso, Laminador, Fraternal. Es cierto que con tanto anostramiento se puede correr el riesgo de acortar en exceso la distancia que nos separa de un original de otra cultura. En el caso de este libro de Terlouw, la distancia la recuerdan Wiss (la capital del reino) o Vlot (el perro de Stach), y sobre todo un recurso no muy explotado: el de emplear nombres ingeniosos, sí, pero que resulten para nuestro lector modelos más traslúcidos que transparentes, como ocurre con el ministro de la Seriedad, De Seer, o el del Celo, Eskrupul. A diferencia de lo que pasaba con Ramo en La isla de los delfines azules, en este caso se produce una interferencia positiva para el conjunto del libro: sin estropear por ello nuestra lengua, nos recuerda la otredad del objeto que construimos al leer.

Ver todos los artículos de «Muy propio»

  • (1) Otfried Preussler, Los locos de Villasimplona, traducción de Bei uns in Schilda por Marinella Terzi, SM, Madrid, 1988. volver
  • (2) Jan Terlouw, El rey de Katoren, traducción de Guillermo Solana, SM, Madrid, 1983. volver
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es