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Martes, 24 de mayo de 2011

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Nominalizaciones

Por Mariano Antolín Rato

Es muy propia del traductor profesional la obligación de saltar bruscamente entre estilos distintos e incluso contrapuestos. Uno estaba abandonándose a las cadencias despaciosas y al fraseo comedido de un escritor y se encuentra en medio de una prosa entrecortada y con un ritmo roto sin cesar por insinuantes ocurrencias. La adaptación requiere una flexibilidad que se va manifestando a la larga de acuerdo con el avance por unas páginas siempre sometidas a futuras revisiones. Luego llega un momento en que, empapado del nuevo modo de narrar, el traductor cree haberle cogido el punto a la expresión de un despliegue mental capaz de originar aquella escritura característica. Por lo general considerará que fallida —la lectura de un traductor, quizá debido al lento progreso impuesto por su labor, raramente encuentra lograda la obra sobre la que se balancea entre el idioma de partida y el de llegada—.

Algo como eso me acaba de pasar. De la novela de Henry Roth a la que me refería hace poco (creo que al final se va a titular Un tipo americano), he pasado sin transición a la de un joven escritor, también norteamericano. Debajo de su foto en la solapa no figura la fecha de nacimiento. Tampoco en la diversa documentación biográfica sobre él que he consultado. Ha sido cuidadoso en eso, imagino, para que luego, cuando se haga mayor (el 90 por ciento de lo que leo recientemente emplea «más mayor»), no necesite suprimir esa fecha que delata su pertenencia a quienes tienen más pasado que futuro. Y no doy otros datos sobre esa novela porque todavía estoy con ella y tardará bastantes meses en publicarse. Una de mis supersticiones es que conviene no hablar sobre lo que se está haciendo. Sería como invocar a la mala suerte facilitándole pistas de acceso a los problemas aún sin resolver. Indicaré solamente que empuja a que uno quiera saber más de los personajes y sus peripecias, y vaya imaginando posibles continuaciones que, si el autor es hábil, como parece éste, no tendrán lugar y dejarán paso a la sorpresa.

Sin embargo, advierto desde el principio, aunque no figure la edad del autor, que es joven. Lo deja patente su uso constante de la nominalización (un nombre derivado de un verbo), algo endémico en la prosa inglesa de los últimos años. Bueno, en la prosa y también en el lenguaje hablado que se transmite masivamente por la televisión o las redes. Y no es que en inglés ese procedimiento sea infrecuente. La conversión fácil de nombres en verbos ha formado parte de la gramática inglesa desde hace siglos. Y los ejemplos en Shakespeare abundan. Lo que pasa es que ahora se forman incesantemente nuevas palabras siguiendo ese procedimiento. Y así, sin salirme de la novela que traduzco, se encuentra que madres o padres ya no bring up («criar») a sus hijos, sino que los parent (¿¿¿«parentizan»???). O que blog, que lleva poco circulando, ha sido adoptado como verbo, tanto transitivo como intransitivo. Y sólo son dos muestras de todas con las que me estoy encontrando.

Como tenía a mano —me la han regalado— la monumental Nueva Gramática de la Lengua Española, consulté el primer tomo donde, entre otras muchas cuestiones se habla de la nominalización, para ver si me sugería, indirectamente, algo. Y resulta que me he perdido leyendo otras construcciones. Eso me ha dado respuesta a dudas de toda la vida, como que cuando se concibe el nombre en sus componentes numerables, el nombre concuerda en plural con el verbo («Otra mucha gente de casa le pellizcaron», una cita del Quijote), pero no las referentes al modo de resolver las nominalizaciones inglesas. Volveré a luchar con ellas en cuanto termine este artículo.

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