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Miércoles, 18 de mayo de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Tecnologías

Google

Por Alicia Martorell

Últimamente se multiplican los artículos sobre la capacidad de Google para hacer frente a los variados, masivos y muy efectivos sistemas de manipulación de las prioridades de su algoritmo, que determina el orden de aparición de las páginas en una búsqueda.

Cuando nos documentamos sobre determinados temas, es altamente probable que, de los 30 primeros resultados, 25 sean enlaces de tipo comercial, la mayor parte de estilo zombi, es decir que simulan contenidos pero no los tienen. La proporción de resultados irrelevantes puede variar según el tema, pero cada vez es más alta. Y no tiene demasiado sentido sumergirse en los fondos abisales que se adivinan después de la primera página.

Por la cuenta que le trae, Google acabará afinando su algoritmo para que los criterios de popularidad en los que se basa el orden de aparición de los resultados no se puedan manipular tan descaradamente con fines económicos, pero popularidad y calidad nunca van a ser una misma cosa.

No queda más remedio que asumirlo: Google no tiene las mismas prioridades que nosotros.

Eso no quiere decir que sea completamente inoperante: desbrozando y afinando siempre es posible llegar muy cerca de lo que necesitamos y, al margen del buscador principal que nos ocupa, es innegable que en su sistema existen otras herramientas (definiciones, imágenes, libros, Google académico) que resuelven problemas concretos de forma muy eficaz.

Google irrumpió dos años antes de que acabara el siglo y los que todavía recordamos los buscadores anteriores y los complicados sistemas de directorios sentimos un agradecimiento infinito hacia esos ojos bizcos de colores que hacían aparecer exactamente lo que buscábamos, como quien saca un conejo de la chistera. No hace tanto tiempo, pero por internet ha pasado una vida entera.

Dicen que avances radicales como el que representó Google acaban convirtiéndose en un freno para el progreso, pues echan raíces tan hondas que son muy difíciles de superar.

Mientras el movimiento de acceso abierto va llevando a internet literatura científica de primera calidad, fuentes primarias de terminología y bases de datos invisibles para los buscadores, mientras las universidades, bibliotecas, organismos y centros de investigación crean portales que ordenan, comentan y clasifican los recursos, nosotros seguimos pensando que lo que no está en Google no existe y que es mejor lanzar una palabra al mar, por si pescamos una merluza en lugar de una bota.

Google sigue siendo una forma rápida de acceder a una masa grande de información indiferenciada, pero cada vez es más probable que esa información no nos sirva para nada.

Si queremos trabajar con fuentes de calidad, acordes con las necesidades y exigencias de la traducción en nuestros días, ya no queda más remedio que combinarlo con otras herramientas. Diseñar una búsqueda documental eficiente y científica es mucho más que teclear palabras dentro de una caja y hacer «clic».

Ha llegado el momento de asumir que hay vida más allá de Google.

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