Historia
Por Josefina Cornejo
En el seno de la familia González Blanco, oriunda de Asturias, nacieron tres intelectuales: Pedro, Edmundo y Andrés. Los hermanos mostraron siempre un gran interés por la filosofía y la literatura. En los primeros años del siglo xx, mantuvieron una estrecha relación amistosa y profesional con Vicente Blasco Ibáñez, y los tres se dedicaron, en algún momento de sus respectivas carreras, a la actividad traductora. Edmundo (1878-1938) tradujo, por ejemplo, a los filósofos Aristóteles, Nietzsche y Schopenhauer y a los escritores Blake y Emerson. El menor, Andrés (1888-1924), vertió al español al norteamericano Poe y al francés Stendhal. Por su parte, Pedro (1877-1973), el mayor, bien se merece un párrafo, o más, aparte.
Comenzó muy pronto —apenas un adolescente— a colaborar con periódicos madrileños como El Imparcial, El Liberal y La Lectura. Participó en la creación de las revistas Vida Literaria y, en especial, Helios, entre cuyos editores se hallaban Juan Ramón Jiménez y Ramón Pérez de Ayala. Con el seudónimo de Doctor Atizando Yesca, firmó artículos también para el anticlerical El Motín, dirigido por el republicano José Nakens. Asiduo de las tertulias y figura clave del Ateneo de la capital, formó parte del grupo de jóvenes escritores que militaban en el movimiento poético modernista encabezado por Rubén Darío y que, más tarde, brillarían con luz propia (basta nombrar a Valle-Inclán y Jacinto Benavente). Para González Blanco —anarquista y masón— 1907 marcó el inicio de una nueva etapa «predominantemente aventurera»: un trasiego por el continente americano con estancias en México, Guatemala, Paraguay, Cuba, Bolivia y Argentina. Regresó en los años treinta, pero cuando en 1939 España se vino abajo, se exilió en México.
Apasionado y excesivo, se implicó sobremanera en la sociedad y los conflictos políticos de los países que visitó. Ejerció de periodista durante la revolución mexicana y trabó amistad con Pancho Villa. Contrajo matrimonio con una sobrina del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera. Colaboró en el Diario de la Marina, rotativo conservador cubano. Cubrió la guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay por el control del estratégico Chaco Boreal. Puso sus dotes literarias al servicio de los dictadores latinoamericanos del momento. Redactó, por ejemplo, las biografías de Trujillo y Duvalier y firmó una crónica en la que ensalzaba los logros del régimen peronista en Argentina. Fue autor de biografías de santos (Santa Teresa de Jesús [1944]) y marineros (Martín Alonso Pinzón [1945]) y de panfletos políticos, como Vindicación y honra de España (1944) y Conquista y colonización de América por la calumniada España (1945), en los que, con un marcado discurso nacionalista y desmesurado amor patrio, mostraba su oposición a la leyenda negra española.
Los años transcurridos en el continente americano fueron muy fecundos en cuanto a su quehacer traductor —iniciado tiempo atrás, en los albores del siglo— que produjo una abultada lista de títulos de poesía, teatro, filosofía o historia. A él le debemos la primera traducción en España, en torno a 1900, de La feria de las vanidades de Thackeray (si bien existe una anterior aparecida en México en 1860). Su versión de Los paraísos perdidos de Baudelaire data de 1905. Ese mismo año, la República de las Letras publicó en forma seriada, a lo largo de trece números, el ensayo El templo sepultado de Maeterlinck traducido por González-Blanco. La revista mensual ilustrada Nuestro Tiempo también le confió estudios del dramaturgo belga. Suya es la segunda edición de El único y su propiedad (1905), del filósofo alemán Max Stirner, y El fin del paganismo (1908), del historiador francés Gaston Boissier. Vertió al castellano varias piezas del dramaturgo portugués Eça de Queiroz (entre otras, La ilustre Casa de Ramires [1925], A los vencidos de la vida [1939] y Visiones de Oriente [1940]). Tradujo a Nietzsche —cuando este aún era Federico— hasta en nueve ocasiones, como Nietzsche contra Wagner (1906), Humano, demasiado humano (1909) Más allá del bien y del mal (1909), La gaya ciencia y El origen de la tragedia (ambas de 1920).
Regresó a la Península pocos años antes de su fallecimiento, en 1961. Sus últimos artículos vieron la luz en los diarios ABC, Aramo y Oviedo.