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Viernes, 13 de mayo de 2011

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Autores s. xx

12 de mayo de 2001 (II)

Por María Teresa Gallego Urrutia

—El desalentado arrebato que envié, al volver del entierro en el Cementerio Civil de Madrid, a la lista de distribución interna de ACE Traductores, nuestra asociación de traductores, la que fundamos con Esther a la cabeza hace ya casi treinta años. Porque necesitaba decírselo a mis compañeros, a mis colegas, a mis amigos:

Te recuerdo, Esther, cuando yo todavía estaba en la universidad y tú, aunque no mucho mayor que yo, eras ya una mujer hecha y derecha, en los mejores sentidos de las palabras, cuyo ejemplo soñaba yo con seguir.

Te recuerdo, Esther, y tu generosidad para con la principiante que fui en su día. Y, años después, para con mi hija principiante.

Te recuerdo, Esther, en el bar del Hotel Suecia, explicándome que, al traducir, no podía ir ni de amateur ni de niña pija, porque eso era traicionar y perjudicar a los compañeros.

Te recuerdo, Esther, en todas las brechas, en todas las luchas.

Te recuerdo, Esther, enmascarando la ternura de ironía.

Te recuerdo, Esther, en aquella sala soleada de los altos de la Biblioteca Nacional, aquel día en que creamos, a instancias tuyas, la Sección Autónoma de Traductores Literarios de la ACE.

Te recuerdo, Esther, en las Jornadas sobre la Traducción de Arles. Aquellos ataques de risa que nos daban, aquella forma de fumarnos las charlas aburridas para vagabundear por la ciudad, aquellos desayunos con mil mermeladas.

Te recuerdo, Esther, en tu casa o en la mía, o por teléfono, bregando (hoy por ti, mañana por mí) con la frase enrevesada, la palabra inasible, el giro rebelde, acosándolos hasta rendirlos. Y riéndonos tanto.

Te recuerdo, Esther, la última vez que estuviste en Tarazona: la grande dame te llamaba Paule Constant.

Te recuerdo, Esther, hace dos Navidades, bordándole a punto de cruz un babero a mi nieto a punto de nacer.

Te recuerdo, Esther, en la última Feria del Libro, manteniendo a raya con la cabeza bien alta la enfermedad y el desaliento, más grande dame que nunca.

Te recuerdo, Esther, el pasado mes de enero, al acabar la reunión del último jurado que compartimos, cuando nos quedamos las dos solas y me dijiste que era posible que no vieras el próximo verano.

Toda una vida sin pararme a pensar en ti porque estabas en mi vida como el aire que se respira.

Y, ahora, te recuerdo, Esther… ¿Cómo resignarse a no tenerte sino en el mundo del recuerdo?

Y ahora un hecho ya evocado en el texto anterior, que quiero desarrollar. En una tertulia que allá por los finales de la década de los setenta del siglo pasado (dios mío, la mayor parte de mi vida es ya del siglo pasado) nos reunía a veces a los traductores en el bar del también ya desaparecido Hotel Suecia, junto al Círculo de Bellas Artes de Madrid, la muy joven y petulante catedrática de enseñanza media que era yo a la sazón se jactó, muy risueña ella, de que la apasionaba tanto traducir que casi traduciría gratis, que casi pagaría por traducir. Esther se puso muy seria e interrumpiendo las conversaciones en marcha alrededor de la mesa vino a decirme más o menos: «La traducción es una profesión con la que muchos compañeros se ganan el pan. Y quien regala el trabajo o lo malbarata por divertirse o porque tiene otros ingresos o porque piensa que le aporta adorno y prestigio, o por los tres motivos juntos, no sólo está perjudicando a unos trabajadores y quitándoles el pan, sino que está perjudicando a la propia profesión, devaluándola, allanando el camino a los editores que minusvaloran este oficio y explotan a quienes lo ejercen. Degrada la profesión y se degrada a sí mismo. Se pueden tener simultáneamente dos profesiones, la de traductor y otra, pero lo que no se puede, cuando se traduce, es no ser tan profesional, tan reivindicativo, tan riguroso en el terreno laboral —y en todos los demás, por supuesto—como si ésa fuera la única profesión. No es lícito, no es honrado, traducir como amateur».

Esa tarde la joven petulante que era yo a la sazón dejó de traducir para convertirse en traductora.

Hoy hace diez años que murió Esther Benítez. A primera hora de la tarde. Era sábado y hacía un tiempo frío y destemplado.

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