Autores a. s. xx
Por Ramón Buenaventura
Dice Charles Spearman, con esa rotundidad que los santos números otorgan a sus fieles (únicos capaces de crear artilugios como la tabla de multiplicar y la de logaritmos, o el análisis factorial: sin una sola duda), que todo lo que existe existe en cierta medida y por lo tanto puede medirse. De lo cual convendría deducir que la belleza no existe, porque no se mide, ni tiene máximo, ni tiene mínimo, ni pasa quizá de sensación subjetiva que los más finos y sensibles perciben con precisión y entusiasmo, y los menos finos y sensibles apenas capturan en fogonazos sueltos de lucidez poética. En alguna parte, oh colmo de la imprecisión, hay un poema en que se afirma: «Belleza es haber sido bella», con rotundidad matemática.
Hay un párrafo de Arthur Rimbaud, concretamente el principio de Une saison en enfer, que he traducido dos veces en mi vida. (Perdón, mal expresado: he traducido dos veces casi toda la prosa de Rimbaud; pero a continuación vamos a hablar de este párrafo en concreto).
Este es el párrafo:
Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s’ouvraient tous les cœurs, où tous les vins coulaient.
Un soir, j’ai assis la Beauté sur mes genoux. —Et je l’ai trouvée amère. —Et je l’ai injuriée.
Esta fue mi primera traducción, que hice a los dieciocho años y que se publicó casi cinco lustros después en Hiperión, con ilustraciones de mi gran compueblano José Hernández:
Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que todos los vinos se escanciaban.
Una tarde, me senté a la Belleza en las rodillas. —Y la encontré amarga. —Y la cubrí de insultos.
Y esta fue mi segunda traducción, que hice ya a los cincuenta años (salió en Mondadori), esa edad en la que a uno empieza a apetecerle, sobre todas las creaciones, corregir:
Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. —Y la hallé amarga. —Y la insulté.
Introduje estos cambios en un afán de paliar mis excesos de juventud, es decir mi evidente pretensión de que nada en este mundo, ni siquiera una muy posible insuficiencia de talento, me impedía embellecer a Rimbaud. Así, la edición de Mondadori pretende ser un riguroso reflejo del original francés, sin más aportación mía que el traslado de un idioma al otro. Puedo confesar ahora que el verdadero problema, sin embargo, no estaba en que me hubiese tomado mayores o menores libertades, sino en mi casi adolescente proclividad a la Belleza. Mi primera traducción no percibe, no sospecha siquiera la evidencia: Rimbaud quiere insultar a la Belleza y, consciente o inconscientemente, la elimina de su escritura. Yo le hermoseé la intención.