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Martes, 18 de mayo de 2010

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Profesión

Vanidad de invisibles

Por Mariano Antolín Rato

 «El traductor como hombre invisible» se titulaba un artículo que publiqué hace años en el número 2 de Vasos comunicantes, la revista de la Asociación Colegial de Escritores, Sección Autónoma de Traductores—entonces yo formaba parte de su consejo de redacción—. Ahora no me atrevería a usar ese mismo título sin introducir ciertas matizaciones. Y no sólo porque Miguel Sáenz, también miembro de aquel consejo y excelente traductor del alemán, me señalara que sobre la idea del traductor como hombre invisible ya existían bastantes teorías. Tuve la impresión —quizá equivocada y muy propia de alguien con el colmillo retorcido— de que de ese modo me estaba acusando de plagiario. Lo que no era el caso, pues contento de mi supuesta originalidad, todavía ignoraba los trabajos de título parecido que había publicado Robert Fagles, el ilustre traductor al inglés de la Iliada, la Odisea y la Eneida, entre otros clásicos griegos y latinos.

Sin embargo, hoy no volvería a usar ese título, aparte de por eso y porque en un coloquio se me acusó de pretender que el traductor fuera como la Virgen María —vertía un texto sin romperlo, sin mancharlo—, sobre todo por cuestiones referidas a la llamada corrección política. Aunque lo de hombre invisible remita directamente a la famosa novela de H. G. Wells, seguro que alguien saltaría para demostrar que en el mundo de la traducción hay tantas mujeres o más que hombres. Y en consecuencia, argumentaría con todo derecho que el título adecuado sería algo parecido a «El (la) traductor(a) como hombre (mujer) invisible».

Como semejantes virguerías terminológicas me llevan de inmediato a pensar en el degenerado lenguaje de los políticos tan bien analizado por Irene Lozano en su ensayo Lenguas en guerra (Espasa), opto por ese neutro encabezamiento para referirme a la mataiotas mataiotatis kai panta mataiotas de los seres humanos que se dedican a la traducción; sobre su invisibilidad oso remitir a mi artículo mencionado y, en especial, a los trabajos al respecto de Fagles y Doug Robinson, entre otros fácilmente localizables en la Red.

Desde luego, todos tenemos nuestra cuota de vanidad, sin duda, pero a veces sorprenden los modos en que ésta se manifiesta dentro del mundo de la traducción. He asistido a reuniones donde traductores y traductoras —parezco un socialista—, hablaban de «sus libros» al referirse a los que habían traducido, pasando por alto su papel de intermediarios entre autor y lector. Es más, bastantes insistían en que dejaban su impronta estilística en los textos, como si eso constituyera una virtud y no más bien un estorbo. Pero lo más chocante de lo que he sido testigo consistió en la firma en una feria del libro por parte de las traductoras —se trataba de mujeres— de novelas de ésas que ocupan los primeros puestos en las listas de los más vendidos. La gente se aglomeraba delante de la caseta como ocurre cuando el que dedica libros es Antonio Gala, Pérez Reverte y otros así.

Se trata de imposiciones del marketing editorial, se dirá. Y muchos, si no lo podemos evitar nos sometemos a ellas —confieso, no sin cierta envidia, que en esos puestos callejeros nunca he firmado más de seis o siete ejemplares de mis novelas; y eso en el mejor de los casos—. Pero me parece que la gente compra un libro impulsada por la propaganda, o por la recomendación de quien le gustó lo que cuenta. Nunca porque sea ésta o aquél quien lo haya vertido y que, por principio, debe mantenerse, una vez que su nombre aparezca, en portada si la editorial tiene a bien incluirlo, invisible.

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