Profesión
Por Mariano Antolín Rato
Decía Borges que un escritor, aparte de escribir, lo único que debe hacer es traducir. He citado bastantes veces esa frase porque suelen preguntarme cómo compagino mi trabajo de novelista y de traductor, y considero que expresa con acierto mi actitud hacia la traducción: una actividad complementaria a la de la escritura sin plantilla en la cual, a falta de un original en otro idioma que señale el camino, hay que inventar la continuación.
Aparte de unas condiciones que se manifestaron pronto —en el bachillerato ya traducía bien del latín y el griego, aunque algunos profesores cortos de miras insistían en que me tomaba demasiadas libertades para que los textos sonaran en castellano correcto—, he sido un lector voraz. Y un traductor es, sobre todo, un lector muy atento. Y como decía Hemingway del escritor, es preciso que sepa de cosas que no están en los libros —un consejo que he seguido sin ningún desagrado—.
Tras mi iniciación traumática al mundo de la traducción literaria con las casi dos mil páginas de Ser americanos —título que puso Carlos Barral, el editor, a la monumental y prácticamente ilegible novela de Gertrude Stein, The Making of Americans—, ya nunca he dejado de verter al castellano un libro tras otro, sobre del todo del inglés, pero también del francés y del italiano. Y al tiempo, o en los espacios que conseguía liberar entre los trabajos siempre mal pagados de traducción, he publicado trece novelas. Nunca he tenido, sin embargo, la sensación de que exista un auténtico distanciamiento entre las dos ocupaciones.
En bastantes ocasiones, lo reconozco, he traducido libros que no me interesaban nada. Fueron trabajos hechos exclusivamente por dinero. Los editores preveían que se iban a vender mucho y yo confiaba en que, a pesar de la miseria de derechos fijados por ellos, me permitirían cobrar algo más que las bajas tarifas habituales en concepto de adelanto. Lo malo es encontrarte con editores manguis que, aunque el libro se venda muy bien, disimulan a la hora de las liquidaciones, poniéndote entre la espada y la pared. Es decir, entre tragarte la estafa o llevarles ante los tribunales y, por tanto, adquirir fama de traductor que causa problemas y con el que conviene no trabajar.
He conseguido, con todo, traducir casi siempre textos que me interesaran, que me estimularan y, que en último término, influyeron en mi modo de escribir. En esos casos la traducción constituye un placer comparable a la lectura. Ponerse diariamente delante del ordenador con el libro al lado, se convierte —por momentos, como todo— en una actividad de la que disfruto hasta grados difícilmente comunicables a quien no se haya sentido un ser radiante al que le suceden acontecimientos inalcanzables sin aquel gratificante tecleo.
En los últimos tiempos, cuando el tiempo que queda disminuye a cada rato, me he visto obligado a rechazar encargos de traducción de libros que están entre mis preferidos —por ejemplo, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, cuyos poemas sí he vertido al castellano—. Sumergirme en ellos significaría emplear demasiado de ese ya escaso tiempo en una vida paralela distinta a la que yo mismo imagino existir escribiendo una novela. Y es que dedicarse a una tarea de tal calibre —como le previne a mi amigo, traductor y recientemente admirable poeta y prosista, Miguel Martínez-Lage, cuando le propusieron realizar una nueva versión de Ulises, de Joyce—, exige una dedicación exclusiva difícilmente compatible con un empeño creador propio. Por suerte, también me ofrecen libros tan interesantes o más —según el punto de vista— que me permiten seguir disfrutando, y sudando, con el oficio de traductor.